Los hombres están hechos de cenizas. Nosotras, de leche

1950-Girls on a beachLas mujeres, casi todas las mujeres, son hermosas de jóvenes. No escuches las habladurías de los envidiosos, Marie-Noelle. Sean cuales sean las proporciones de un rostro, al margen de que el cuerpo sea demasiado delgado o demasiado grueso, en cierto momento, toda mujer posee el poder de la belleza que nos ha sido otorgado como mujeres. A menudo, ese momento es muy breve. A veces, ni siquiera nos damos cuenta de que nos ha llegado. Y, sin embargo, quedan vestigios. Incluso en lo avanzado de mi edad hay todavía algunos. Mírate al espejo esta tarde si pasas delante de uno mientras esperas en la óptica de Annecy a que le pongan a papá el aparato para su sordera, observa tu cabello, que te lavaste anoche, observa cómo invita a ser acariciado. Contempla tus hombros cuando te estés lavando, y luego baja la mirada hasta donde se ensambla el pecho, contempla la parte entre los hombros y el pecho, que desciende como una ladera en los pastos: durante treinta años más todavía esta ladera atraerá lágrimas, dientes apretados por la pasión, niños calientes por la fiebre, cabezas dormidas, manos encallecidas. Esa belleza sin nombre. Mira con qué delicadeza cae tu estómago en el centro, hacia el ombligo, como una begonia blanca en flor. Puedes tocar su belleza. Nuestras caderas se mueven con una seguridad que no tiene ningún hombre; y, sin embargo, prometen paz nuestras caderas, como la lengua de una vaca para un ternero. Esto asusta a los hombres, esos hombres que nos tiran y nos llaman coños. ¿Sabes a qué se parecen nuestras piernas vistas desde atrás, Marie-Noelle? Son como azucenas justo antes de abrirse.

Te diré qué hombres merecen nuestro respeto. Los hombres que se entregan al trabajo para que los que están a su alrededor puedan comer. Los hombres que son generosos con todo lo que tienen. Y los hombres que pasan la vida buscando a Dios. El resto son pura mierda.

Los hombres no son hermosos. No hay nada que tenga que permanecer en ellos. No tienen que atraer nada por la paz que pueden ofrecer. Así que no son hermosos. A los hombres les ha sido dado otro poder. Queman. Despiden luz y calor. A veces convierten la noche en día. A menudo lo destruyen todo. Los hombres están hechos de cenizas. Nosotras, de leche.

John Berger. De sus fatigas. 2. Una vez en Europa

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¿Por qué los humanos gobiernan la tierra?

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Zygmunt Bauman, in memoriam

La eternidad ha sido uno de los pocos universales culturales genuinos. Para el espíritu equilibrado y lógicamente adiestrado, esto puede antojarse extraño, al menos a primera vista. En efecto, hasta para concebir la “duración eterna” se requiere mucha imaginación, mientras que su visualización desafía la capacidad de los sentidos humanos. La “eternidad” no puede deducirse en modo alguno del “interior” de la experiencia humana. No pued verse, tocarse, oírse, olerse ni saborearse. Y, sin embargo, en vano buscaríamos una población humana que no considerase evidente la eternidad. La conciencia de la eternidad (o, más bien, deberíamos decir la creencia en la eternidad) puede concebirse como uno de los rasgos difinitorios de la humnanidad.

La resolución de esa paradoja parece radicar en otro universal humano: el lenguaje. O, más bien, en otra paradoja, inextricablemente ligada a la posesión del lenguaje.

zygmunt-baumanDado que nosostros, los seres humanos, poseemos el lenguaje, no podemos por menos de ser conscientes de que todos los seres vivos son mortales y, por consiguiente, también cada uno de nosotros; nosotros moriremos (para ir más al grano: yo moriré), como les ocurrirá antes o después a todos los demás seres humanos que conocemos o de los que tenemos noticia, a todos aquellos hombres y mujeres con cuyas vidas se entrelaza la nuestra. Ahora bien, por la misma razón, ninguno de nosotros se halla atado a la inmediata realidad de la experiencia. El lenguaje puede informarnos de cómo son las cosas, más el lenguaje es también un cuchillo que nos corta a nosotros, los fabricantes, usuarios y productos de las palabras, librerándonos de las cosas tal como son, así como de la inmediatez de su presencia. Utilizando las palabras como hilos, podemos tejer lienzos que no representan ninguna “realidad” de la que nosotros (o, para el caso, cualquiera otros usuarios del lenguaje) hayamos tenido experiencia. La veracidad y la fiabilidad de semejantes lienzos “no figurativos” no difieren de manera significativa de las del resto. Y así, por gentileza de lenguaje, podemos “experimentar” por poderes un mundo del que nosotros, los dueños de dicho mundo, hemos sido eliminados: un mundo que no nos contiene, el mundo tal como puede ser cuando nosotros ya no estemos. Semejante mundo resulta aterrador; empequeñece y denigra todo cuanto hacemos o podemos hacer mientras seguimos formando parte de él. La negativa de admisión a dicho mundo, sin apelación posible, es el más doloroso de todos los rechazos humillantes y negadores de la dignidad; quizás incluso el arquetipo que transforma el rechazo, el voto en contra, la inclusión en la lista negra, el desaire, el destierro y el ostracismo, sus pálidas copias, en los actos de suprema crueldad que éstos suponen.

[…] En la invención de la eternidad radica, en efecto, la magia del lenguaje.

Vidas desperdiciadas

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Reliquias

En la temprana Edad Media, una de cada tres iglesias de Europa afirmaba poseer astillas de la Santa Cruz. O los clavos. O espinas de la corona de espinas. Existieron varias cabezas de Juan el Bautista, y al menos la misma cantidad de cadáveres de María Magdalena.

Para no hablar del prepucio de Cristo.

David Markson: La soledad del lector

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La inquietud de Aristóteles

¿Qué papel tendrían las personas en un mundo de alta tecnología para el pensador griego muchísimos siglos antes de que existiera?

“si cada instrumento pudiese, en virtud de una orden recibida o, si se quiere, adivinada, trabajar por sí mismo, como las estatuas de Dédalo o los trípodes de Hefesto ´que iban solos a las reuniones de los dioses´; si las lanzaderas tejieran por si mismas; si el arco tocara solo la cítara, los empresarios prescindirían de los operarios y los señores de los esclavos” (Política)

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Hambre

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Eran tres mujeres: una abuela, una madre, una tía. Yo llevaba tiempo mirándolas moverse alrededor de ese catre de hospital mientras juntaban, lentas, sus dos platos de plástico, sus tres cucharas, su ollita tiznada, su balde verde, y se los daban a la abuela. Y las seguí mirando cuando la madre y la tía recogieron su manta, sus dos o tres camisetitas, sus trapos en un petate que ataron para que la tía se lo pusiera en la cabeza. Pero me quebré cuando vi que la tía se inclinaba sobre el catre, levantaba al chiquito, lo sostenía en el aire, lo miraba con una cara rara, como extrañada, como incrédula, lo apoyaba en la espalda de su madre como se apoyan los chiquitos en África en las espaldas de sus madres —con las piernas y los brazos abiertos, el pecho del chico contra la espalda de la madre, la cara hacia uno de los lados— y su madre lo ató con una tela, como se atan los chiquitos en África al cuerpo de sus madres. El chiquito quedó en su lugar, listo para irse a casa, igual que siempre, muerto.

No hacía más calor que de costumbre.

Creo que este libro empezó acá, en un pueblo muy cerca de acá, fondo de Níger, hace unos años, sentado con Aisha sobre un tapiz de mimbre frente a la puerta de su choza, sudor del mediodía, tierra seca, sombra de un árbol ralo, los gritos de los chicos desbandados, cuando ella me contaba sobre la bola de harina de mijo que comía todos los días de su vida y yo le pregunté si realmente comía esa bola de mijo todos los días de su vida y tuvimos un choque cultural:

—Bueno, todos los días que puedo.

Me dijo y bajó los ojos con vergüenza y yo me sentí como un felpudo, y seguimos hablando de sus alimentos y la falta de ellos y yo, tilingo de mí, me enfrentaba por primera vez a la forma más extrema del hambre y al cabo de un par de horas de sorpresas le pregunté —por primera vez, esa pregunta que después haría tanto— que si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela, qué le pediría. Aisha tardó un rato, como quien se enfrenta a algo impensado. Aisha tenía 30 o 35 años, la nariz de rapaz, los ojos de tristeza, su tela lila cubriendo todo el resto.

—Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.

—Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.

—¿De verdad cualquier cosa?

—Sí, lo que le pidas

—¿Dos vacas?

Me dijo en un susurro, y me explicó:

—Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.

Era tan poco, pensé primero.

Y era tanto.

 

Martín Caparrós. El Hambre

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La Teoría sueca del amor

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http://www.pelispedia.tv/pelicula/la-teoria-sueca-del-amor/

Un texto que explica con algún detalle la política sueca de la independencia del individuo

 

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