Han amado la lectura

(…)

Si esto es así, si leer un libro como es debido requiere las más raras cualidades imaginativas, perceptivas y de juicio, quizá concluyamos que la literatura es arte muy complejo y que es poco probable que consigamos hacer alguna aportación valiosa a su crítica ni siquiera después de toda una vida de lectura. Hemos de seguir siendo lectores; no pretendemos la gloria que corresponde a esos raros seres que son también críticos. Pero tenemos responsabilidades como lectores e incluso importancia. Los criterios que expresamos y los juicios que emitimos se filtran en el aire y son parte de la atmósfera que respiran los escritores cuando trabajan. Se crea una influencia que los afecta aunque nunca llegue a la prensa. Y esa influencia, si está bien formulada y es vigorosa, individual y sincera, podría ser de gran valor ahora que la crítica está forzosamente en suspenso, cuando los libros pasan revista como la sucesión de animales en una galería de animales de tiro, y el crítico solo dispone de un segundo para cargar, apuntar y disparar, y bien puede disculpársele si toma conejos por tigres, gallinas por águilas, o yera completamente el tiro y da a una vaca pacífica que pasta en un prado cercano. Si detrás del errático disparo de la prensa el autor creyera que había otra clase de crítica, la opinión de los lectores que leen por amor a la lectura, despacio, no profesionalmente, y que juzgan con gran tolerancia pero con gran severidad, ¿no mejoraría eso la calidad de su obra? Sería un objetivo digno de alcanzar que los libros llegaran a ser más profundos, más ricos y variados, gracias a nosotros.
Pero ¿quién lee para llegar a un fin por deseable que sea? ¿No hay algunos pasatiempos que practicamos porque son agradables en si mismos y algunos placeres que son decisivos? ¿Y no figura éste entre ellos? Yo al menos he soñado a veces que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores, jurisconsultos y estadistas acudan a recibir sus recompensas —sus coronas, sus laureles, sus nombres grabados de forma indeleble en un mármol imperecedero—, el Todopoderoso se volverá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo: “Mira, éstos no necesitan ninguna recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura”.

Virginia Woolf: ¿Cómo debería leerse un libro?

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