Paddy Dignam

Ha admirado siempre a los escritores que cada día emprenden un viaje hacia lo desconocido y sin embargo están todo el tiempo sentados en una habitación. Las puertas de sus cuartos están cerradas, nunca se mueven, y sin embargo el confinamiento les proporciona una absoluta libertad para ser quienes deseen ser, para ir donde les lleven sus pensamientos. A veces enlaza esta imagen de los solitarios en sus cuartos de escritura con la que ha sido la obsesión de toda su vida: la necesidad de capturar a un genio, a un joven que fuera muy superior a los otros y que viajara mejor que nadie por su cuarto. Le habría gustado descubrirlo y publicarlo, pero no lo encontró y menos parece que vaya a encontrarlo ahora. En todo caso, siempre ha sospechado que existir existe. Es sólo, piensa Riba, que permanece en la sombra: en la soledad, en la duda, en la interrogación; por eso no lo encuentro.

Celia está justo a su lado y, al observar con cierta alarma el desmesurado ensimismamiento que se ha apoderado de él, decide intervenir, devolverle —en la medida de lo posible— al mundo real.

—Volvamos, si no te importa —le dice—, a ese réquiem en Dublín. ¿Un réquiem en honor de quién has dicho?

Va a repetirle que es un réquiem por la era de la imprenta, un funeral por una de las cumbres de la galaxia Gutenberg, cuando de golpe se cruzan en su mente Ulysses y las pompas fúnebres a las que acude Bloom en Dublín el 16 de junio de 1904, y se acuerda del sexto capítulo del libro, de cuando a las once de la mañana Bloom se une al grupo que va al cementerio a despedir al muerto del día, a Paddy Dignam y atraviesa la ciudad hasta el Prospect Cemetery en un coche en el que van Simon Dedalus, Martin Cunningham y John Power, para los que Bloom no deja de ser un forastero. Bloom, por su parte, se une al grupo muy a su pesar, porque no ignora que ellos desconfían de él, porque saben de su masonería y judaísmo, y porque a fin de cuentas Dignam era un patriota católico que se vanagloriaba de su pasado y del de Irlanda. Y, además, era tan buen hombre que se dejó matar por el alcohol.

—¿La bebida, eh?

—El defecto de muchos hombres buenos —dijo el señor Dedalus con un suspiro.

Recuerda cuando se detienen delante de la capilla mortuoria. Es un capítulo triste, una meditación sobre la muerte, el más triste que ha leído en su vida. El gris entierro de un proletario alcohólico. Se describen todos los detalles de la caravana mortal y uno espera que en algún momento aparezca la alegría en forma de rosa, de rosa profunda, como diría Borges. Pero esa alegría se hace esperar, por no decir que no llega nunca. También el proceso de sepultura del muerto es largo y complejo. Y la tumba es profunda como una rosa. Nada tan cierto como que nunca leyó algo tan triste como aquel capítulo perfectamente gris del libro de Joyce. Al final sobre el ataúd dejan unas coronas mohosas, colgadas en remates, guirnaldas de hoja de bronce. Habría sido mejor que hubiera rosas, comenta el narrador, ya que siempre son más poéticas.

—¿Un réquiem por quién? —insiste Celia. Quiere evitar a toda costa que le siga viendo como un enajenado o un hikikomori ya definitivamente pasado de rosca, pero con su respuesta no logra que ella pueda verlo de otra forma.

—Por Paddy Dignam —le dice.

—¿Por Paddy qué?

—Dignam, Paddy Dignam, el de la nariz roja. Habría sido mejor que no dijera nada.

Enrique Vila-Matas

 

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