Ebrio de Nueva York

Me perseguía el enigma desde que Monterroso dijera en Viaje al centro de la fábula que “crónicas de viaje como New York de Brendan Behan son la máxima felicidad”. Durante largo tiempo estuve preguntándome quién diablos sería aquel Behan y dónde encontrar su libro. Y recuerdo que, siempre que veía a Monterroso, me olvidaba de preguntárselo. Y recuerdo también que, un día, cuando menos lo esperaba, hallé el nombre de Brendan Behan en una nota periodística sobre huéspedes famosos del hotel Chelsea de Nueva York. Pero allí de Behan decían tan sólo que había sido un brillante escritor irlandés que solía describirse a sí mismo como “alcohólico con problemas de escritura”. Tan escasa información agrandó aún más el enigma de aquel santo bebedor, hasta que un día descubrí a Behan camuflado tras el personaje del charlatán Barney Boyle en la barra de un pub en El secreto de Christine, novela escrita por John Banville con el seudónimo de Benjamin Black. Aún sorprendido por el hallazgo, me dediqué a espiar el ambiente en el que se movía aquel Boyle, contrafigura de Behan: atmósfera de niebla, estufas de carbón, vapores de whisky y humo viciado de cigarrillo. Y me llegó la impresión de que cada vez estaba más cerca del auténtico Behan. No me equivocaba. La semana pasada entré en una librería y, como si hubiera estado allí esperándome toda la vida, di de pronto con Mi Nueva York.

Ingenioso monólogo, el libro de Brendan Behan es un soliloquio tan emotivo como humorístico sobre la ciudad de Nueva York, a la que el autor consideraba el lugar más fascinante del mundo. Nada podía compararse a esa eléctrica ciudad, el centro del universo. El resto era silencio, flagrante oscuridad. “Después de haber estado en Nueva York”, decía Behan, “cualquier persona que regrese a casa forzosamente tendrá que encontrar bastante oscuro su lugar de origen”. Y así Londres, por ejemplo, tenía que parecerle al londinense, llegando de Nueva York, “una gran tarta aplastada de suburbios de ladrillo rojo, con una pasa en medio que sería el West End”.

Mi Nueva York, que Behan escribió al final de su vida, es un recorrido por el infinito genio del paisanaje de una ciudad de felices destellos humanos. Behan escribió su libro en el hotel Chelsea, cuando ya estaba muy alcoholizado, a principios de los sesenta. Eran días de twist y madison, pero también de incipiente revolución. Unos años antes, el galés Dylan Thomas se había presentado en el Chelsea en la noche del 3 de noviembre de 1953 anunciando que había tomado dieciocho whiskies seguidos y que aquello le parecía todo un récord (murió seis días después). Pasados unos diez años, como si del mismísimo “barco ebrio” del poema de Rimbaud se tratara, “arrojado por el huracán contra el éter sin pájaros”, el irlandés Behan iba a presentarse también en aquel hotel en condiciones tan beodas como las del galés, y sería auxiliado por Stanley Bard, el dueño del Chelsea, que le daría alojamiento a él y a su mujer, aun sabiendo que al escritor le habían echado de todos los hoteles. El gran Stanley Bard sabía que si había algún lugar donde Behan podría volver a escribir era el Chelsea. Y así fue. El hotel de la calle veintitrés, que siempre fue considerado un lugar propicio para la creatividad, se reveló crucial para Behan, cuyo libro fue redactado -sospecho que en realidad fue dictado- en la misma galería en la que viviera Dylan Thomas.

El libro habla de la ebriedad natural que le provocaba a Behan aquella enérgica ciudad en la que, al caer la tarde -seguramente la tarde de su propia vida-, se le hacía siempre patente que a fin de cuentas lo único importante en este mundo es “tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera”. En cuanto al estilo del libro, podría sintetizarse así: escribir y olvidar. Los dos verbos suenan como un eco de la conocida relación entre beber y olvidar. El propio Behan, que tenía muy poco de administrador de palabras, dice haberse decantado por esta opción-express: “Habré olvidado este libro mucho antes de que vosotros hayáis pagado vuestro dinero por él”.

Aunque irlandés, Behan no era administrador de nada, si acaso la excepción a la regla de aquella afirmación de Paul Morand de que Nueva York pertenece a los judíos, los irlandeses la administran, y los negros la gozan. Porque lo último que Brendan Behan deseaba hacer era administrar algo de su amada ciudad. Tal vez por eso su estilo en Mi Nueva York está hecho de opiniones que son como disparos sin ánimo de ser administrados más allá del disparo mismo, de descargas o juicios deliberadamente furtivos acerca de todo el personal humano que tenía a su alcance: los negros, escoceses, camareros, homosexuales, judíos, taxistas, beatniks -no tiene desperdicio su amable disparo sobre Kerouac-, financieros, latinos, chinos y, por supuesto, los irlandeses, que andaban en clanes familiares por toda la ciudad vigilándose los unos a los otros y creando una sensación única de vida, como si ésta fuera tan sólo una balada sobre la lluviosa tierra natal.

A lo largo de Mi Nueva York, en ningún momento olvida la energía de sus maestros literarios: “Shakespeare lo dijo todo muy bien, y lo que se dejó por decir lo completó James Joyce”. Precisamente, su forma de acercarse a cada uno de los bares de Nueva York recuerda a esa escena de la biblioteca en el Ulises de Joyce, cuando declina el día y el decorado y las personas externas a Stephen empiezan a disolverse en su percepción, tal vez porque las bebidas que ha tomado en el almuerzo y la excitación intelectual de la conversación, entre trivial y anodina, de la biblioteca, las va haciendo alternativamente más nítidas o más borrosas. Así también, con alternativas diáfanas o difusas, van apareciendo en el libro de Behan, según el grado de su entusiasmo privado, los bares del Nueva York de principios de los años sesenta. Y los nombres, a modo de fascinante y perturbadora letanía sagrada, van cayendo, inexorables, legendarios: McSorley’s Old Ale House, Ma O’Brien’s, Oasis, Costello’s, Kearney’s, Four Seasons, y el Metropole de Broadway, donde nació el twist.

Con tan esencial y sacra letanía, ¿cómo no acompañar felices el monólogo de este gran enamorado, de este gran ebrio de Nueva York, a lo largo de su recorrido por las calles de la ciudad adorada? Yo leí el libro como si estuviera en una mesa junto a la puerta de hierro del asombroso Oakland, el bar de la esquina de Hicks con Atlantic de Llámame Brooklyn, la novela de Eduardo Lago. Y hacia al final, al caer la tarde, hasta creí vivir con Brendan Behan ese momento irrepetible y oscuro que no se olvida, ese instante entre joyceano y elegiaco en el que los ensueños del escritor absorben paulatinamente el mundo que tiene alrededor mientras se desvanece la luz diurna y se acumulan las impresiones del día en una armonía de sonidos urbanos y una mezcla conmovedora de sentimientos y luz declinante que llega hasta las mismas puertas del Chelsea, donde nunca apagan la luz.

Enrique Vila-Matas

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