RESTOS DE MAREA

Llegó a primera hora, con las luces aún frías del amanecer. Ocupó un lugar privilegiado en la orilla, adelantándose al encargado de las hamacas y antes de que los bañistas atestaran la playa con sombrillas y toallas. Estaba completamente desnuda y tan sólo adornaban sus tobillos dos pulseras de carey. Tendida sobre la arena era increíblemente hermosa. El agua llegaba mansa hasta su cuerpo, perfilaba su contorno con la dulzura de un enamorado y se alejaba una y otra vez, recubriendo de humedad la silueta seca, salando cada pliegue. Su piel era de aceite oscuro, lastimada con algunos cortes por las aristas del acantilado, y su pelo aún más nocturno, con pequeños mejillones incrustados entre los rizos. Una pompa de aire reventó en el interior de su boca exhalando el aliento retenido, su último suspiro de ahogada. Pero ya entonces la playa había enmudecido en un silencio de funeral. Los rayos aún tibios del sol apenas conseguían figurar un paisaje en blanco y negro, una pincelada en sepia como en las fotografías antiguas, aquellas en las que posan los muertos su última estampa. El mar entregaba a la costa lo que no le pertenecía, al fin carnaza para las ávidas gaviotas, para las algas, para las pinzas minuciosas de las nécoras. Era la primera vez en toda su vida que estaba en una playa. Se llamaba Aisha, era marroquí y tenía veinte años.

Iñaki Túrnez

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