Bobbie Kirkahrt

El Ateismo en el Mundo en el Siglo XXI: Un Desafío y una Promesa

Recientemente un amigo me pregunto si pensaba que la religión iba a desaparecer frente al progreso científico. Le contesté con el acertijo sobre la cucaracha que atraviesa el cuarto. Probablemente ya lo han oído: Es un cuarto de seis metros de ancho. Durante la primera hora, la cucaracha recorrió la mitad del camino, tres metros, pero se cansa, y durante la segunda hora solamente logra recorrer metro y medio, es decir, la mitad de la distancia anterior. Y así continúa; cada hora cubre mitad de la distancia de la hora anterior. ¿Cuanto tiempo lo tomará para cruzar el cuarto?

La respuesta tradicional al acertijo es: nunca, porque una mitad no puede ser un conjunto. Por supuesto, nuestra hipotética cucaracha no tiene una dimensión conocida, mientras que las verdaderas cucarachas tienen un tamaño, que les permite atravesar el cuarto, aunque vayan lentamente, así que la respuesta del mundo real es que no podemos solucionar el acertijo sin más información, pero si la cucaracha continúa avanzando, cruzará el cuarto, y mientras más grande es, más pronto consigue llegar.

Sin embargo, no estoy seguro que esta sea la respuesta en el mundo real. Vivo en un país en donde la gente mira a nosotros libres pensadores nos miran como si fuéramos gusanos, y me doy cuenta de que las cucarachas viajan generalmente durante la noche porque si no logran llegar a dónde van antes de amanecer, probablemente serán aplastadas. Mirando al mundo de hoy, es la hora idean de correr.

Por supuesto, en los Estados Unidos, estamos acostumbrados a los fundamentalistas teocráticos que atacan nuestros derechos, pero parece que Europa ya no está al abrigo. Nuestros amigos en Inglaterra luchan contra la ley de Sharia “voluntaria”, que está fundada en la premisa de que una mujer que no ha sido autorizada a aprender la lengua del país donde vive, puede tomar una decisión informada. En el Lander de Hesse, Alemania, profesores en varias escuelas enseñaban el creacionismo bíblico en clase de Biología; el Ministerio de Educación del Lander no consideró ninguna infracción del plan de estudios. Éstos son ejemplos aislados, pero -según la experiencia norteamericana- sino les damos una respuesta eficaz- ya no estarán aislados.

Crecí en una familia religiosa en Oklahoma, en la extremidad occidental del Cinturón Bíblico americano, en ese entonces la gente que tomaba a la letra las historias de la Génesis y de la Creación era vista literalmente como reaccionaria o fanática. Hoy, esta convicción es el punto de vista dominante. Es evidente que el mundo desarrollado, relativamente, lo ha facilitado.

África está particularmente afectada con las desgracias provocadas por la religión, sobre todo el cristianismo que las naciones europeas impusieron. Los pocos libre pensadores valientes están comprometidos en una terrible batalla contra los que condenen a niños como brujas, y etiquetan homosexualidad como un crimen capital. Apenas 3% de Africanos del Sur son ateos o agnósticos, y en ninguna otra región en el continente hay más del 1%.

(Tengo que precisar que todos estos datos demográficos vienen de la Asociación de los Archivos y Datos Religiosos, y presentan incoherencias y otros problemas que uno se esperaba en el tema de la creencia subestimación y sobreestimación con una certitud más fuerte que la primera. Sin embargo no encontré informaciones más exactas y completas).

Sudamérica y America Central salen un poco mejor que África, consiguiendo alrededor del 3%, mismo si el Caribe es poco más brillante con el 8%. (Hay una excepción alentadora en Uruguay, en donde casi la mitad de la población se identifica como ateo o agnóstico. Demográficamente el país es muy similar a su vecina Argentina, excepto en el área de la creencia. La única explicación que encuentro es que Uruguay, a diferencia de sus vecinos, es conocido para tener las leyes políticas y sociales más progresistas del mundo.

En Asia, a excepción del Extremo Oriente, todas las regiones del continente acuerdan menos del 5% a los libres pensadores. El Extremo Oriente, dominado por China, declara el 36%, y China, el Estado más ateo del mundo, registra el solamente 39% en este sondeo.

Europa del Este, donde el ateismo fue fomentado todavía durante los últimos 20 años, cuenta solamente con el 9% de ateos y agnósticos, cuando Europa Occidental alcanza el 20%.

Todo esto muestra, probablemente, un cuadro más lúgubre que realidad. Según lo observado, muchas de estas estadísticas subestiman el número de ateos, y debemos examinar otros hechos importantes sobre las cifras. Éstas encuestas sobre las etiquetas y no sobre las convicciones, en la mayor parte de los países los términos ateo y agnóstico tienen connotaciones negativas. Típicamente, las encuestas de creencia revelan muchos más no creyentes que las encuestas de identidad, y si incluimos a deístas, la gente que dice creer en un dios que no interfiere con este mundo, nuestras filas crecerían.

Si nuestra meta es un Estado laico, y para la mayor parte de nosotros es la mayor preocupación, quizás el indicador más significativo es cómo la gente clasifica la importancia de la religión. Por ejemplo en Japón hay una tasa relativamente reducida de ateos y de agnósticos de 10%, pero se considera un Estado extremadamente laico. Esto se debe muy probablemente a la religión dominante del Budismo Zen, que es técnicamente ateo, es decir sin dios, pero es una religión con un pensamiento mágico. Probablemente la estadística más relevante es el hecho de que los japoneses no dan mucha importancia a la religión, con el 41% de los que dicen que “no es muy importante en sus vidas” y otro 38% dicen que “no tiene ninguna importancia”.

Estoy aquí para hablar del ateismo mundial, no de un Estado laico, por dos razones: En primero lugar porque es el tema que me asignaron, y en segundo lugar cuando la gente se siente menos segura, se vuelve hacia la religión y la religión evoluciona hacia la derecha. Tengo pocas dudas de que vuestros problemas en Europa tienen mucho que ver con las reducciones en programas sociales y no con la inmigración magrebina o turca y no dudo que esos problemas van a perdurar durante algún tiempo.

Una comunidad eficaz de libres pensadores, movilizada para responder a esta reacción es de importancia vital, yo promuevo el ateismo a través de cualquier nombre inteligible: si prefieren utilizar el término agnóstico, Brillante (Bright), humanista, racionalista, escéptico, o Pastafarian, poco importa. Las diferencias filosóficas sutiles son importantes solamente para nosotros al interior de nuestro movimiento. Pero le llamaré un hipócrita si usted utiliza esos términos para ocultar el hecho que usted no cree en dioses.

Mi mandato no era simplemente el ateismo mundial, sino el ateismo mundial en el siglo XXI, y debo aquí convencerlos de hacer mucho más que simplemente mantener su organización lista a reaccionar al primer signo de problema. Los ateos son conocidos por sus protestas, y estas necesarias cuando la religión interfiere en el interés común y con el sentido común. Las protestas tienen valor: Llaman la atención sobre un problema del cual otros quizás no son conscientes; atraen a más personas que vienen hacia nuestro movimiento; y ahora es evidente que dan a los participantes, nuestros miembros, una sensación de bienestar. Esto es sobre todo verdadero si esas protestas son muy activas públicamente, como por ejemplo las manifestaciones o los sit-in. (Quizás ésta es la razón por la cual a principios de los años 1970 teníamos manifestaciones semanales y amor en la siguiente. Vivir y aprender. En esa época tiempos, creí que era la mariguana).

Sin embargo, las protestas tienen un precio. Endurecen la posición de la oposición. Cuando se decide cuándo, cómo y sobre qué protestar, este precio debe siempre ser tomado en cuanta.

Hoy, tenemos muchas nuevas herramientas para combatir la superstición y el fanatismo religiosos. El siglo XXI se inició con una explosión intelectual en nuestro movimiento. Richard Dawkins, Daniel Dennett, Sam Harris, Christopher Hitchens, Ayaan Hirsi Ali (y la lista podría continuar) nos han demostrado que mucha gente esta ávida de información sobre el mundo real y su funcionamiento. Tenemos muchos científicos menos conocidos que nos dan indicaciones sobre el espíritu humano como que nunca antes tuvimos.

La evolución no sólo se limita a los fósiles. Los psicólogos evolucionistas nos enseñaron, si prestamos atención, que la religión es un producto natural, casi inevitable, de nuestros cerebros en su evolución. Esto desinfla el globo lleno de aire caliente que fue la pretendida superioridad que algunos de nuestros colegas tuvieron al discutir la “estupidez” de la religión.

Estos nuevos científicos no caracterizan la religión como favorable o incluso inofensiva -un autor, J. Anderson Thomson, comparó nuestro gusto por la religión a nuestro ardiente deseo de alimento fast food- tampoco ofrecen mucho en materia estratégica, pero nos dan un excelente punto de partida. Según Pascal Boyer, los fenómenos que hasta ahora eran misterios se convirtieron en problemas, todavía no resueltos, pero salvables.

Daniel Dennett nos ayudo concentrarnos en lo esencial y no en los dioses. No existen. La cuestión es creencia. No obstante mucha gente cree en dioses, y todavía más gente cree en creencia. Ustedes conocen probablemente a ateos que estiman que la fe es un rasgo admirable. Boyer sostendría que muchas religiones no tienen más fe que existen dioses que nosotros tenemos fe en la existencia de los fiordos.

Él afirma que los espíritus son, para la etnia Fang en Camerún, por ejemplo, una cuestión de observación simple. Hay ciertamente un proceso más directo de la creencia en muchas religiones paganas, pero si implica o no implica la fe es una cuestión a la cual tenemos el resto del siglo para contestar.

Voy a pasar un poco más tiempo con dos otros pensadores cuyos trabajos tienen vastas implicaciones para nuestro trabajo, dándonos las herramientas que ahora podemos utilizar. El hecho que existan estos trabajos no nos dispensa de seguir estudiar las lecciones más arduas de la psicología evolutiva, que lo creo, en este siglo, nos darán la clave para la interpretación de la impotencia de la religión, pero hoy tenemos una abundancia de informaciones prácticas que no estamos utilizando.

El libro del lingüista George Lakoff Moral Politics editado por primera ves antes de este siglo, en 1996, pero su trabajo no recibió una atención importante antes de la publicación de su libro más corto, más fácil de acceso, Don’t Think of an Elephant (No piensen un Elefante) en 2004. Ambos tratan de política norteamericana, pero contienen varias observaciones pertinentes ligadas directamente a nuestra causa. (Si ustedes quieren leer a Lakoff, es mejor esforzarse por leer Política Moral (Moral Politics) libro más copioso y a veces pedante, pero digno del esfuerzo).

El trabajo de Lakoff sobre el concepto lingüístico de análisis es quizás el más estimulante. La estructura de una palabra es similar, pero más elaborada que su connotación. Estas palabras modelo existen en los esquemas mentales, que incluyen conceptos que la palabra implica más allá de la estricta definición. Para mayoría de la gente en los Estados Unidos, y me atrevo a decir que en muchos otros lugares, la palabra ateo se inscribe en un contexto de arrogancia, de intelectualidad, de egoísmo, de inmoralidad, y de enojo. Lakoff establece que cuando una persona consigue la información que está en conflicto con el marco, probablemente desechará la información y mantendrá el marco, aunque las informaciones pueden ser de gran confianza.

Mucha gente ve esto como un argumento para evitar la palabra ateo.

Es una argumento legítimo, ami parecer, pero obviamente basada solamente en la evidencia anecdótica -pero sobre muchas anécdotas- porque el andamio no es el resultado de la palabra ateo, sino del concepto de no creencia abierta, y cambio de la palabra pondría solamente una nueva palabra en el viejo marco. Pienso que no tenemos ninguna opción sino la de cambiar el marco declarándose pública y orgullosamente ateos mostrándonos humildes, generosos, éticos, amables y podemos guardar intelectuales. Los marcos pueden cambiar. Recuerdo cuando Inglaterra puso a Rupert Murdoch en un marco que incluyó el adjetivo “poderoso”.

Dos otros conceptos de Lakoff, que son menos ambiguos, tienen implicaciones para nosotros aunque no son necesariamente fácil de aplicar. Uno es una elaboración del hecho bien conocido que más la gente oye una declaración, mejor la recuerdan y es más probable que la crean. La práctica de la repetición sin fin en la publicidad es un buen ejemplo de esto. El trabajo de Lakoff demostró que negar la afirmación tiene esencialmente el mismo efecto que repetición. Como nos vemos a menudo en la negación, deberíamos prestar atención. Podemos, y debemos, desarrollar mensajes más positivos.

Por ejemplo, cuando el Papa compara nazismo con el ateismo, en lugar de negar la acusación indignante, sería mejor que recordáramos a los muchos libre pensadores que Hitler y sus subordinados asesinaron o encarcelaron. Efectivamente es un capítulo importante de la historia que pronto será perdido, ahogado por propaganda católica, si estos episodios de la Historia no se publican, se difunden en las ondas, y pronto en el Cyberspace. No necesitamos dignificar la mentira de Benedicto con una negación; necesitamos simplemente contar las historias de nuestros mártires. Por supuesto, al obrar perfectamente aceptable mencionar del importante papel de la iglesia católica en la persecución, mientras que no dejemos esto eclipse nuestra propia y heroica historia. Este es un trabajo urgente los ateos europeos que tienen acceso a esos acontecimientos.

Otra observación de Lakoff, que es útil, quizás no directamente en estrategia, sino en la discusión con los fanáticos religiosos, trata sobre las dos bases del pensamiento moral -compasión y obediencia. Todos los seres humanos normales derivan sus conceptos de lo bueno y lo malo de una mezcla de dos principios – obediencia, que Lakoff llama el Modelo del Padre Estricto, y de compasión, que Lakoff llama el Padre que Nutre. Obviamente, los conservadores, incluyendo religiosos conservadores, son mucho más propensos a seguir el primero, mientras que los liberales, incluyendo a los liberales creyentes, tienden tendencia a seguir el último. Hay, por supuesto, conservadores ateos pero la mayor parte de ellos son Padres que Nutren. Para esos ateos que fueron criados en una religión, esa opción de compasión respecto de la obediencia puede ser la razón por la que salieron de la iglesia.

Cuando los fanáticos religiosos conservadores dicen que los ateos no pueden ser morales, están refiriendo al hecho de que no tenemos ninguna última autoridad que obedecer. Hablar con ellos sobre la compasión sin el reconocimiento de su preocupación sobre la autoridad es como lamentarse en vano.

Mi recomendación final hoy es el libro de Roberto Cialdini de 2001 Influence, Science and Practise, que cada dirigente del Libre Pensamiento debería leer.

Cialdini escribe abundantemente sobre el principio de la consistencia, el hecho de que los que han llegado a un compromiso tienen gran dificultad para cambiarlo. Esto explica muchas cosas sobre la religión. Las iglesias piden la calidad de miembro formal, la función del ritual “de ser salvado” a menudo llamado el compromiso al Cristo, para reforzar una necesidad de guardar la fe frente a un mundo que contradice la creencia. Esto tiene una implicación muy fuerte para nosotros cuando tratamos con creyentes. Deben defender su compromiso. El desafío los fuerzan solamente a proteger su fe, por más insostenible que puedan ser su argumentos. El verdadero creyente dejará de lado, casi siempre, tal discusión con mayor resolución que cuando la inició. Es la razón por la cual en los EEUU -y sospecho que en otros países donde se espera que la identidad religiosa incluya creencia- son las iglesias las que siempre lanzan los debates. A los ateos les gustan estas discusiones porque pensamos que las ganamos. Pero la discusión no está sobre los puntos anotados, la discusión es una competencia para los corazones y las mentes de la audiencia, y en esa arena ganamos la batalla y perdemos la guerra.

Podemos ayudar a creyentes a evaluar de nuevo su compromiso haciendo preguntas que ostensiblemente no son desafiantes y escuchando y aceptando las respuestas. La mayoría de la gente moderna puede mantener su creencia religiosa sin pensar en ellas. Si cambian, deben hacerlo por sí mismos.

Generalmente, sin embargo, nuestra meta no es cambiar individualmente al creyente, sino crear marcos atractivos que ofrecen al animal social humano una alternativa a la religión, y esto establece el lugar de los libres pensadores en la sociedad muy firmemente para que nuestros derechos no sean pisoteados. Para lograrlo, deberíamos saber cómo ejercer una influencia sobre el poder de consistencia y de compromiso.

Tenemos hoy grupos del Libre Pensamiento en línea (Internet ndlt) cuyos “miembros” son cientos y aumentan cada semana, al cabo de los meses serán miles. Algunos están conectados a blogs que merecen la pena y que son instructivos, mientras que otros son apenas grupos de conversación. Me entristezco cada vez que oigo a un ateo jactarse de ellos, “Oh, apenas tenemos alrededor de mil miembros, y nos conectamos a Internet –Casi a diario envío algo y hablamos de la religión y cómo tremendo es, y…”

La gente permanece típicamente ahí por algunos meses y después pasan a otra causa en la cual cree pero no se comprometen. Cada ateo no será un militante incansable o un donador generoso, pero es nuestro papel recibirlo para consolidar su identidad para colocarlos en un marco eficaz. Los blogs pueden ayudar, y muchos hacen, abogando por el militantismo, pero debemos encontrar una manera para hacer comprender el mensaje que una opinión mismo si es correcta, no es en sí una virtud.

Pero cuando la gente entra en nuestras organizaciones, hacemos poco para formalizar su compromiso. En un primer contacto, pedirle a una persona que se afilie podría ser prematuro, pero preguntarle si quisiera inscribirse en una lista para permanecer informado equivale a un compromiso que puede asumir.

Cialdini relata un estudio adonde los investigadores iban de casa en casa a ver a los residentes para pedirles colocaran un cartel grande y poco atractivo “Conduzca con cuidado” en la fachada de sus domicilios. Sólo el 17% aceptó. Sin embargo, en una porción del barrio, otro voluntario se habían presentado dos semanas antes, pidiendo a los residentes que expusieran un pequeño cartel, menos de ocho centímetros de ancho, “Sea un conductor seguro”. Era una petición tan pequeña que la mayoría de la gente había aceptado. De los que habían expuesto el pequeño cartel, el 76% aceptaron el cartel más grande, más feo.

Con nuestra población más restringida, no podríamos enunciar demandas directas tan elocuentes, pero regularmente pequeños compromisos podrían aumentar nuestro nivel de participación. Nada de eso es una varita mágica. La psicología evoluciona y otras ciencias modernas han hecho la religión más explicable y por lo tanto menos insuperable, y por eso podemos decir que este siglo ha comenzado bien.

No sabemos tanto como necesitamos, pero sabemos bastante para diferenciar, y armados con este conocimiento, frente a un mundo donde los niños son echados de sus aldeas porque los han etiquetado como “brujos,” o donde las mujeres son lapidadas acusadas de adulterio, o donde deja morir a los recién nacidos en botes de basura porque sus madres no tienen ningún acceso al aborto, o donde los trabajadores en un país democrático son obligados a ser discretos sobre sus creencias por miedo de perder sus empleos, sería inconcebible que ignoráramos las informaciones de que disponemos, que continuemos como antes, argumentando sobre la lógica y la ciencia, mientras que la tragedia humana continúa.

Antes del fin de este siglo, la religión puede ser un vestigio, practicada aún por algunos excéntricos, pero sin tener ningún poder sobre la sociedad. Esto será así si evolucionamos y aprendemos a utilizar las herramientas de este siglo.

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