Huida del miedo

Se me había abierto el corazón como si fuera una vía de agua en el viejo casco de un buque renqueante y el miedo salió de golpe, no como yo esperaba, de a poquitos, como son los hilos que tejen el miedo; y no fue a parar al suelo, que parecía lo lógico; ¡que va!: quedó suspendido en el aire, a la altura justa de mi pecho, solo unos instantes, y luego explotó como una burbuja de jabón, sin hacer mucho ruido, no más que cuando pisas una nuez en el camino. Fue entonces cuando debí de pensar que mi miedo, aquel que durante tanto tiempo me tuvo encorvado, no era tan grande como yo había imaginado. Y luego, eso lo vi, se hizo añicos minúsculos que se mezclaron con las partículas de polvo en suspensión en el aire y con algunos fragmentos de memoria que no se muy bien de donde salieron. Ahí se mantuvo todavía un ratito, irreconocible ya, a la espera de que una corriente de aire o unas sencillas palabras de despedida se lo llevara, para siempre, a cualqueir parte. Abrí la ventana y un aire frío llegó de la calle. Luego fui al espejo y, sorpendido, vi que no había nadie del otro lado.

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