La vuelta al cole

La vuelta al colegio se ha convertido en un rito más al final de las vacaciones de cada verano, como una especie de última fiesta a la que se acude con estreno de libros, ropa, mochila, móvil, etc. luciendo una piel soleada para comentar entre alumnos, padres y profesores lo estupendas y fantásticas que han sido las pasadas vacaciones y lo duro y difícil que se hace comenzar el nuevo curso. Muy pocos, de entre los estudiantes, tienen en mente qué es lo que van a aprender o les van a enseñar (la educación siempre con ese inevitable sentido bidireccional).

El día doce de septiembre pasado, lunes, diez años después del atentado al Word Trade Center también conocido como las Torres Gemelas de Nueva York y en un momento en el que la economía de los llamados países ricos se está haciendo añicos a causa de la deuda, el paro, la falta de crecimiento y la confusión e incapacidad de los dirigentes políticos para haber previsto y puesto freno a esta crisis primero y para sacarnos de ella después, mi hija de trece años empezó el nuevo curso escolar, volvió un año más al cole después de las vacaciones para empezar el tercer curso de la Educación Secundaria Obligatoria (en realidad empezó el día siete, pero a los efectos de esta historia diremos que fue el doce).

A veces pienso, observo, escucho, o le pregunto por las cosas que va haciendo, conociendo y aprendiendo (nada de más para un padre, por otro lado) para intentar hacerme una idea aproximada de cómo se va haciendo ella, a su vez, su propia idea del mundo en el que ambos vivimos. Lógicamente, ella está en desventaja (¿o lo estoy yo por obsolescente, prejuicios, etc.?), pero eso no quita validez ni sentido al experimento que me traigo en mente. Mis trece años de hace cuarenta años no son, desde luego, sus trece años de hoy. Y ni siquiera servirían, si lo fueran, como una vara para medir lo que ha de conocer o saber una chica de su edad sobre el mundo en el que vive. Igual que ella, yo estudiaba a su edad, mis padres no tuvieron esa misma suerte, pues a los trece años ya habían dejado la escuela para ayudar con su trabajo en casa. En estas cosas es en las que uno se da cuenta de que parece que algo hemos mejorado de verdad. Pero yo estudiaba en otras condiciones bien distintas a las suyas: en un colegio regentado por frailes, en un internado de penitenciaria (solo se iba a casa en vacaciones), con una disciplina casi cuartelaria y con unos medios y unas pedagogías que de ningún modo quisiera ahora para mi hija. Los libros de texto y el discurso de los profesores me transmitían la imagen (así lo recuerdo ahora) de un mundo muy pequeño, local, cerrado en si mismo. A aquella edad sabía muy poco de casi nada, pero sobre todo, creo, ignoraba con toda seguridad que el mundo de mi alrededor se estaba moviendo y, quizás, expandiendo. Estudiábamos o nos enseñaban para vivir en un mundo que parecía haberse quedado detenido unas veces en el final del Imperio Romano, otras en La Regenta o las novelas ejemplares de Cervantes, la Guerra de la Independencia, las ecuaciones de segundo grado y la Europa política de la posguerra, pero, sobre todo, el mundo se detuvo en la España, una y libre, ejemplar y feliz, que se configuró por la fuerza y el miedo, el silencio y la sangre después de una guerra civil, claro que esto último lo supe un poco más tarde. Todo este saber estaba cocinado con el adobo adoctrinador de un cristianismo rancio omnipresente desde la mañana hasta el momento de acostarse y aún, con mayor o menor fuerza, en el interior de los sueños de cada uno. Nos educaron, tengo la impresión ahora, en la perspectiva de que el mundo no iba a cambiar o, quizás, con la intención aviesa de que si lo hacía ahí estaban ellos para impedirlo por todos los medios. Para ayudar en esa labor tan esforzada y difícil que es educar los profesores de mi época tenían como aliados a los libros de texto, en los que quedaba imborrable no solo la ciencia y la historia, también la verdad.

Mi hija ahora vive en un mundo distinto, eso creo. Un mundo aparentemente más abierto, con muchos más recursos con los cuales acceder a la información y con profesores mejor preparados y con más medios para llevar a cabo su labor. El instituto al que acude no se parece en nada al colegio que yo padecí. Todos estos cambios, que ponen de manifiesto otro salto o progreso respecto a mi época de bachiller, no deben hacernos creer, sin más, que ayudan a que mi hija y otros jóvenes de su edad tengan una idea más ajustada del mundo en el que vivimos, más información y con ello se estén dando cuenta de las injusticias y barbaridades de todo tipo que a diario tienen lugar en él. No tienen ni un poco de malicia para entender que si los medios se dedican tanto a ellos es para hacerlos más vulnerables e indefensos a los cebos con los que los entretienen. Creo que ni siquiera se están dando cuenta de que lo que llamamos “primer mundo” y la forma de vida que ello conlleva ha entrado en crisis y se está derrumbando más deprisa de lo que podíamos suponer dejando en su lugar amplios espacios para la incertidumbre, ventanas abiertas al desánimo, la inseguridad y la apatía hacia el futuro. Mi hija y quienes tienen su edad ignoran todavía o no se imaginan que van a ser los próximos pobladores de ese futuro inmediato, que está a la vuelta de la esquina, antes de haya andado otros diez años.

El día doce de septiembre pasado, lunes, diez años después del atentado al Word Trade Center también conocido como las Torres Gemelas de Nueva York mi hija comenzó el instituto, volvió al cole, pero ningún profesor o profesora hizo mención alguna a ese hecho, dedicó un tiempo para recordarlo, organizó alguna actividad educativa, mandó un trabajo …, algo que ayudara a los alumnos a darse cuenta de lo importante que fue ese suceso y de las consecuencias posteriores que ha acarreado al mundo en el que mi hija y todos nosotros estamos viviendo. Esta, cómo llamarla, ¿negligencia? O indiferencia no me sorprendió, pues el accidente de Fukushima tampoco fue objeto de estudio, comentario o trabajo el curso pasado. Los profesores de hoy de mi hija, como los míos en mi época, quizás hayan pensado que es mejor para la educación de los jóvenes comenzar la clase del día con aquello de “abrid el libro por la página doce”, como así sucedió ese día doce. Hoy día muchos adultos siguen teniendo del mundo una imagen estática dentro de unas mentes también aquietadas y la educación de hoy en día (la gran responsable de la mayoría de los males que nos aquejan, según sentencian muchos), con todos los medios a su alcance, sigue haciendo ese dudoso y a veces confuso papel que está a mitad de camino entre el educare y addormiscere reproduciendo sin interés, con cansina rutina, sin entusiasmo, lo que con mayor o menor acierto dice el libro de texto de la materia correspondiente.


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