Mohamed Bouazizi

Érase una vez un joven de 28 años, universita~ río en paro, que vivía con su madre y sus herma~ nos y hermanas. Para ganar un poco de dinero se había hecho con un puesto callejero, una especie de carreta en la que vendía fruta y verdura de temporada. Un vendedor ambulante como los que abundan en las ciudades del Magreb. Con frecuencia, los coches se paran delante de ellos, en doble fila, para una compra de última hora. Esos vendedores no tienen medios para instalar una tienda. Son pobres que viven al día. Su carre~ ta entorpece con frecuencia la circulación, pero la gente no protesta. Y si uno «compra» el favor de un policía del barrio, puede estar tranquilo y vender su mercancía sin que nadie 10 moleste. A veces, para demostrar su competencia a su jefe, por exceso de celo profesional, el agente obliga al vendedor a irse a otro lado. Hay lugares más es~ tratégicos que otros -los de mucha circulación son evidentemente mejores para el comercio-, y hay que «pagarlos». Deslizar uno o dos billetes al agente es indispensable. Entre la policía y los vendedores se establece una relación de domi~ nante y dominado, como ocurre con las mafias de barrio en Italia. ¿Quieres trabajar? Pues tienes que pagar. Si el vendedor se resiste, verá cómo le vuelcan la carreta o se la confiscan por «desorden en la vía pública» .

Lo que gana un vendedor ambulante no es ninguna fortuna. Apenas lo suficiente para ali~ mentar a su familia. No se conoce a ningún ven~ dedar de fruta y verdura que se haya hecho rico. Mohamed Buazizi formaba parte de esa población que trabaja duramente a diario para intentar vivir con dignidad. Se negaba a ejercer la mendicidad, a los trapicheos mafiosos, al robo y a todo 10 que no fuera legal. Vela a Ben AH y a su numerosa fa~ milia, la suya y la de su mujer, enriquecerse sin ru~ bar a costa del país. Como todos los ciudadanos tunecinos, estaba al corriente de las extTavagan~ cias de los yernos, hemlanos, cuñados, primos y Lo que gana un vendedor ambulante no es ninguna fortuna. Apenas lo suficiente para ali~ mentar a su familia. No se conoce a ningún ven~ dedar de fruta y verdura que se haya hecho rico. Mohamed Buazizi formaba parte de esa población que trabaja duramente a diario para intentar vivir con dignidad. Se negaba a ejercer la mendicidad, a los trapicheos mafiosos, al robo y a todo 10 que no fuera legal. Vela a Ben AH y a su numerosa fa~ milia, la suya y la de su mujer, enriquecerse sin ru~ bar a costa del país. Como todos los ciudadanos tunecinos, estaba al corriente de las extTavagan~ cias de los yernos, hemlanos, cuñados, primos y amigos de Sen Ali, pues esa camarilla no se escondía a la hora de embolsarse los millones. Todos los grandes negocios, todas las grandes empresas, todas las inversiones extranjeras debían pasar por la «ley Ben Al¡-Trabelsi». Era un sistema que nadie ignoraba; se hablaba de él, y luego se añadía: «Mirarnos para otro lado porque Ben Ali ha acabado con los islamistas». Los burgueses de Túnez, La Marsa, Sidi Bu Said o Hamamet presumían de vivir en un país con una «seguridad impecable», «sin robos, sin atracos en la calle, la policía funciona a la perfección». La gente que colaboraba con el régimen vivía con un confort y un bienestar notables. Estaban agradecidos a Sen Ah, ese ex militar que tan bien había sabido explotar las riquezas de su país. Los políticos franceses e italianos citaban con frecuencia a Túnez como ejemplo en el mundo árabe-musulmán. El líder islamista Rachid Ganuchi se había refugiado en Londres y no se había vuelto a oír hablar de él ni de su movimiento Ennahda. El islamismo había sido enterrado.
A LA MUERTE de su padre, obrero agrícola, Mohamed Buazizi debe abandonar sus estudios. Tiene a su cargo a toda la familia, es decir, siete personas. Compra una carreta y decide vender fruta y verdura en la calle. Pero no tiene autorización. La policía municipal lo persigue. Se niega a pagar. De todos modos, no tiene con qué. Los policías no lo dejan en paz. En cuanto lo ven, lo echan y lo amenazan con confiscarle la carreta y la balanza. La mañana del 10 de diciembre de 2010 tropieza con unos policías especialmente perversos que Le arrebatan su bien. Uno de ellos es una mujer que le da una bofetada, mientras el otro le escupe. No hay mayor humillación. Intenta recuperar su instrumento de trabajo, explica que tiene que alimentar a siete personas, que no hace daño a nadie … La feroz agresividad de los agentes se multiplica. La cólera aumenta. Mohamed decide dirigirse al Ayuntamiento; nadie lo escucha. Acude a la sede del Gobierno Provincial .. . En esos momentos, todo el mundo ignora que esa humillación será la chispa de una revuelta de consecuencias gigantescas …

PASAMOS LA VIDA tragándonos la bilis, aceptand el destino, intentando convencemos, repitiéndonos que un día saldrá el sol, que la vida no es solo una acumulación de desastres. Mantenernos la esperanza, rezamos, observamos a nuestro alrededor: la belleza de los árboles, el vuelo de un páj–ro, la visita de una mariposa, la sonrisa en la cara de un niño. De repente sentirnos confianza en la humanidad, nos decirnos que ya pasará, que no es más que un mal momento, que Dios es grande y nos abrirá puerras. Pero ese día, Mohamed se topó contra un muro de cemento armado. No veía ninguna salida a su destino. No hallaba ninguna mirada de ayuda en la gente a la que acudía en busca de socorro. Ninguna mano tendida, ninguna frase de ánimo, ninguna justicia. Mohamed es el ciudadano universal que ya no aguanta más. Habría podido pensar en Ayub –el Job del Corán-y en la paciencia que demuestra para soportar todo lo que Dios le envía. Pero no lo pensó. Job está lejos. Todo el mundo está lejos. No hay nadie junto a él. No ve ni a su madre ni a su querida hermana Leila. Se siente aislado, abandonado. Dios lo ha abandonado. Está convencido. Levanta la vista al cielo de esa fría mañana de diciembre. Nadie le ha echado una mano. A la soledad más absoluta se añade el sentimiento de una injusticia intolerable. La bofetada, el escupitajo. Eso no se le hace ni a un perro. Su humanidad ha sido anulada, como se borra el maquillaje de un rostro. No tiene cara, ni mirada, ni amor propio. Su dignidad ha sido despedazada, aplastada bajo las botas de los policías municipales. Se dice: «Parece mentira lo malvados que pueden ser los pobres con los que aún son más pobres que ellos». Pues esos policías son unos desgraciados que viven gracias a la corrupción; son serviles, corren como esclavos cuando el gobernador los llama para que le lleven un café o para que le hagan un favor personal. Obedecen, se desviven para servir a la autoridad. Bajan la cabeza y los ojos para complacer a los que les han dado el puesto. Todo el mundo 10 sabe. Estar en deuda es un modo de esclavitud moderno. Por eso se exceden en sus atribuciones. Toman iniciativas, se consideran jefes, pequeños, pero jefes al fin y al cabo. Dan órdenes con la misma arrogancia, con la misma soberbia que sus superiores. Un vendedor ambulante es un pobre ideal. Lo pueden despreciar porque 10 tienen agarrado por las solapas, le pueden confiscar su carreta, y, si no está contento, que reviente. «¡Que reviente!» Parece que ésas son las palabras que dijo Ben Ali cuando supo que el vendedor se había inmolado a lo bonzo.
Mohamed Buazizi tuvo que soponar quince días y quince noches de sufrimiento antes de reventar literalmente. Como un perro, como una piltrafa, corno un fantasma, anónimo, corno un pobre. Ser pobre en Túnez, en Egipto, en Yemen y en muchos otros países es verse destinado a reventar corno un perro, bien porque un policía municipal te empuje al suicidio, bien porque, cuando caes enfermo, no puedes cuidarte y revientas por falta de medicamentos, por falta de asistencia.
DECIDIÓ ACABAR CON TODO. ¿Pero qué lo llevó a inmolarse a 10 bonzo? No encaja en absoluto con la tradición y cultura del Magreb, ni con el islam, que prohíbe el suicidio. Quien decide desafiar a Dios yendo voluntariamente a la muerte repeti.rá su gesto hasta el infinito. Mohamed debía de haber visto imágenes de bonzos o bien había ordo hablar de ellos. Es un gesto espectacular, su significado es rotundo y directo, en él no cabe ambigüedad alguna. El fuego no deja nada. Se lleva todo. Hace sufrir horriblemente. Mohamed se inmoló en público, ante la sede del Gobierno Provincial, ante esa Administración que se había negado a escucharlo y hacer justicia. Sabía que no recuperaría su bien, que los agentes no se lo devolverían, que sus superiores no iban a tomar partido por él ni acudir en su ayuda. Sabía que, en ese país, el pobre está condenado por el simple hecho de ser pobre. Entonces debió de decirse que su desesperación podía desembocar en algo que impresionara a los otros, a los que se habían mostrado indiferentes, a los que habían sido injustos, a los que no podían hacer más que pasar de largo, pues el destino de un vendedor ambulante no interesa a nadie.
¿Ahorcarse en casa? No habría servido de nada… ¿Cortarse las venas? Tampoco … ¿Atiborrarse de somníferos? En primer lugar, no podía comprarlos, y sería un suicidio silencioso. La gente diría: el pobre, ha tenido una muerte dulce … ¡murió mientras dormía! No, Mohamed quería morir y que su muerte fuera útil a los demás, útil a los pobres, útil a su país. Quizá no pensó en todo su país, pero mientras se rociaba con gasolina y prendía la cerilla le dio tiempo a pensar en su madre, en sus hermanos y hermanas, en su padre; a pensar que era mejor ir a reunirse con su padre que vivir humillado, sin dignidad, sin dinero, entregado a los caprichos de unos pequeños canallas cuyo veneno es tan terrible como el de los grandes.
Las llamas brotaron inmediatamente. Él no se movió. Cuando la gente corrió a socorrerlo, ~ra demasiado tarde: el fuego había sido más rápido que ellos y había terminado su trabajo. Mohamed respiraba aún, pero en un cuerpo carbonizado, un cuerpo cuya alma olía ya al perfume del paraíso, o quizá a las llamas del infierno. Lo llevaron al hospital de Sfax, luego al centro de grandes quemados de Ben Arus, cerca de Túnez. Su cuerpo se resquebrajaba. El alma no lograba salir, la ceniza se lo impedía, la mantenía prisionera en un cuerpo que no era un cuerpo, solo el testimonio de lo que puede provocar la humillación.
Yacía vendado de la cabeza a los pies en su cama de hospital; la gente esperaba que, por arte de magia, las vendas se desenrollaran ante sus ojos y las cámaras de televisión, y que poco a poco surgiera un cuerpecito endeble, como por impulso de un ángel o un Dios apiadado de ese pobre hombre que acababa de ofrecer su vida en sacrificio a once millones de ciudadanos.
El 19 de diciembre los habitantes de Sidi Buzid se manifestaron. Fue el comienzo de lo que luego se denominaría la «Revolución del Jazmín».
Unos días más tarde Ben Alí visitaba a Mohamed Buazizi en el hospital. Imágenes grotescas de un presidente que se muestra paternal con aire de estar maldiciendo en su interior a ese estúpido pobre cuyo gesto ha provocado las primeras manifestaciones. Pero ese ser cuyo cuerpo se ha transformado en momia no durará mucho. Muere e1 4 de enero. Diez días más tarde es el régimen de Ben AH el que entrega su alma. El presidente huye, mendiga aquí y allá asilo, y termina por aterrizar en Yedá: la tierra de islam no puede negar hospitalidad a un musulmán. Su mujer y su familia han huido con anterioridad y están ya muy lejos.
Mohamed Buazizi se convirtió así en un héroe a su pesar. Su sacrificio fue útil. Sin duda es lo que él esperaba, pero ni él ni nadie podían prever la magnitud de sus consecuencias. Lo que pasó es sencillamente histórico. No solo Túnez se levantó en medio de la calma y la dignidad (la violencia procedió de la policía, cuya brutalidad causó varias decenas de muertos y centenares de heridos), sino que el pueblo, sometido durante veintitrés años a una dictadura sllenciosa, logró desembarazarse de Ben AH, de su familia y de su clan especulador y mafioso.
Dos AÑos ANTES, en 2009, Ben Ali había sido reelegido con un porcentaje tan ridículo como humillante (cuando alguien asegura haber sido elegido por un 89 por 100 de los ciudadanos se está burlando del mundo y, de paso, despreciándose a sí mismo). Es tanto más grave cuanto que, según una fuente digna de crédito, solo el 24,7 por 100 de los electores tunecinos acudieron él las urnas. La petición que fÍnnaron meses más tarde una serie de notables del régimen instando a Ben AH a que volviera a presentarse en 2014 es igualmente grotesca. Ahora podemos calibrar mejor la amplitud del mal que causaba Ben Ali. Según el diario tunecino La Presse del 7 de febrero de 201 1, se habían estado ocultando a la opinión pública las verdaderas cifras del paro, la emigración, el fracaso escolar. .. y según dicho diario, el índice de desempleo entre los licenciados es del 44,9 por 100; el de los jóvenes de 18 a 29 años, del 29,8 por 100; más de 1,3 millones de jóvenes abandonaron los estudios entre 2004 y 2009. Y, por último, el 70 por 100 de los jóvenes tunecinos quiere emigrar a toda costa.
PERO, MÁS ALLÁ de todos los descubrimientos que se han hecho y se harán sobre el régimen de Ben Ali, la muerte de Mohamed Buazizi habrá ten ido como consecuencia que Túnez sea un modelo para el mundo árabe. Con razón se ha hablado de onda de choque, de contagio. Egipto, en las semanas siguientes, será la primera nación en tomar ejemplo de Túnez, pese a tener un mis mucho más poderoso, feroz y tenaz …

Fuente: Tahar Ben Jelloun. La primavera árabe.

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