El sueño de niños y adolescentes

Niños y adolescentes se duermen en clase, ¿qué culpa tiene el profesorado?

En una sociedad que pretende progresar, la Educación y la Salud son pilares básicos. De educación —nos referiremos aquí a la enseñanza obligatoria— se habla mucho últimamente; y no siempre bien. De ella se dice que, en general, el alumnado no estudia, no se esfuerza, no se concentra en el trabajo escolar cotidiano, o se distrae con mil artilugios informáticos y de otra índole, que en ningún caso son los libros de texto, el cuaderno de deberes o los trabajos prácticos que se les proponen. Al profesorado se le acusa, también, desde distintos sectores sociales y a veces desde la Administración, de no saber “aplicar” en los tiempos que corren el método pedagógico adecuado o de no “esmerarse” suficiente para que ese alumnado español, tachado en el informe PISA de escasamente formado, mejore sus resultados académicos.

Pero el profesorado no tiene culpa, creemos aquí. Quienes conocen de cerca la Educación en España y se considera, por tanto, que están bien informados debido a su práctica profesional y experiencia, y quienes viven el día a día de los centros docente de primaria e institutos, quienes trabajan, en fin, con ese material humano que son los alumnos, saben perfectamente qué está pasando. Y no es precisamente la dejación de sus obligaciones docentes por parte del profesor lo que propician el fracaso escolar del alumnado. Para empezar, no son pocos los alumnos y alumnas que carecen de un referente de autoridad familiar que les inculque el valor del esfuerzo y la motivación. Al contrario, el profesorado sabe —lo constata cada mañana cuando llegan sus alumnos a clase, muchos con cara de haber dormido poco— que una parte de estos, en el territorio privado de su habitación (a veces también en el salón familiar con la aquiescencia paterna) hacen lo que les viene en gana, cuando y cómo quieren, y se acuestan a la hora que quieren. Ante esto, poco o nada puede hacer el profesor para elevar el rendimiento académico del alumno. Ya podemos ponerle deberes y exigirles que estudien más, si una vez que están lejos del instituto nadie les exige nada; al contrario, son ellos los que deciden cómo o en qué emplean su tiempo, suelen comentar con frecuencia muchos profesores.

Pero, mira por donde, hemos ido a topar con la Salud. Porque salud es dormir suficiente; y si no se duerme suficiente está claro que no se puede rendir estudiando ni en ningún otro trabajo. Un estudio reciente realizado con más de 600 niños de 3 a 14 años por el Grupo de Sueño de la Asociación Española de Pediatría, coordinado por el médico Gonzalo Pin, constata que a uno de cada tres niños, al menos, le cuesta mantenerse despierto en clase. La explicación es sencilla: estos niños no duermen bastante; necesitan más horas de sueño y, sobre todo, evitar (¡que los padres lo impidan!) ver la televisión o enredar con los videojuegos y otros artilugios en las horas previas a irse a la cama. Ante esto, los pediatras son rotundos y aconsejan disciplina y un ejercicio de autoridad familiar.

Los datos del citado estudio señalan también que, según los profesores, hasta un 12,9% de sus alumnos se duermen con frecuencia en clase y un 16% más tiene problemas para mantenerse despierto. Sin un horario fijo y obligatorio para irse a la cama, adelantan los expertos, es difícil optimizar el rendimiento escolar.

Lo grave es que el problema va a más. Así, en adolescentes de entre 12 y 15 años —en dos de cada tres (un 66%)— son ellos mismos los que deciden la hora de irse a la cama. Evidentemente, si esto es así, el margen que tiene el profesor para exigirle a ese alumno que cumpla con sus obligaciones en clase (prestar atención, hacer los deberes y estudiar, entre otras) es muy pequeño. De ahí que muchos docentes muestren un desencanto  creciente e impotencia; impotencia que a la postre deriva en hastío y en desesperación al no ser capaces de inculcarle a ese alumnado que aprecian un mínimo de amor al esfuerzo y al trabajo. Si los padres se inhiben de velar en su casa por la salud (mental y física) de sus hijos, y no son capaces de regular sus horas de sueño, e ignoran unas mínimas pautas exigibles para mantener la disciplina a la hora de acostarse, poco o nada podrá hacerse desde el centro escolar de primaria o desde el instituto para corregir estos hábitos.

Ya no es sólo la televisión, ni siquiera la afición a los videojuegos, la que ataca directamente a la salud de los niños y adolescentes robándole horas de un sueño reparador necesario; es también, desde hace algún tiempo, el uso desordenado del móvil y de Internet, y el “enganche” sin límites a las redes sociales en general. Esta es la causa, a decir de algunos médicos, por la que los niños y adolescentes —adolescentes, por cierto, que en aspectos como los del sueño difieren de los niños en sus necesidades y comportamiento— duermen menos que dormían las generaciones precedentes. Los niños y adolescentes de ahora duermen entre 30 minutos y una hora menos diaria que hace 25 años, calculan los pediatras. Y si nos referimos a los que son más pequeños —los niños que tienen entre 7 y 11 años—, la pérdida de sueño diaria se calcula ya en una hora.

Todo esto confirma que el sueño, como agente reparador y propiciador de salud, está sufriendo graves quebrantos en nuestro tiempo, mientras se le pierde el reconocimiento y el valor que indudablemente tuvo siempre para lograr una mayor calidad de vida. Aparte de la fatiga evidente que se arrastra por no dormir bien, y del aumento, obvio, de las dificultades para el mejor aprendizaje, o del llamado síndrome de Déficit de atención e Hiperactividad (TDAH) (que puede surgir), no dormir repercute en la salud del menor sin ningún género de dudas. Lo niños y adolescentes necesitan dormir suficiente (8, 8,30 horas mínimo) para desarrollarse como personas sanas.

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