Verdadera política de inmigración

Daniel Innerarity

Uno de los beneficios menos advertidos de la inmigración es que gracias a ella descubrimos el carácter contingente y la continua transformación de ese “nosotros” que tendemos a considerar inmutable. La extrañeza que viene de fuera nos hace caer en la cuenta de lo extraños que somos también para nosotros mismos. El nuestro es un mundo que se caracteriza por una gran heterogeneidad y en el que debemos proteger diferencias culturales mayores que las que habíamos conocido o tolerado en el pasado. El antropólogo americano Clifford Geertz sintetizaba esta situación en la idea de que los países no son naciones y las culturas no son sistemas de vida compartidos. Al mismo tiempo, las culturas están surcadas por desacuerdos profundos y se enfrentan a una serie de conflictos que distan mucho de la idea de una civilización unitaria y armónica, que se agrupara en torno a unos valores pacíficamente compartidos.

Pero la clave del asunto sigue siendo política, de derechos y no tanto de diversidad cultural. De la inmigración se han hecho balances económicos, cálculos electorales y hasta teorías estéticas; lo que falta es una verdadera política de la inmigración, es decir, considerarla y gestionarla como un asunto político. Esta viene a ser la tesis central de este libro de Sami Naïr, una antología de sus principales escritos sobre la cuestión, acompañados por unas amplias introducciones de Javier de Lucas que sintetizan muy oportunamente las tesis del autor en cada una de las partes en las que el libro se divide.

Esta cuestión se ha constituido en un motivo de controversia y no parece que vaya a dejar de serlo en los próximos años, por lo que libros como este resultan ineludibles para abordar el tema con rigor conceptual. No han ayudado nada a enfocarlo racionalmente ni ese infierno de las diferencias sobre el que nos previene la nueva derecha ni la felicidad multicultural que hace tiempo se ha mostrado como una realidad imposible. Para superar ese falso debate, la recomendación de Sami Naïr consiste en prevenirnos contra la “culturalización” del fenómeno que reduce la integración a la protección de las diferencias culturales. Su modelo es, por el contrario, el de los derechos humanos. Donde realmente se juega la integración no es tanto en el terreno cultural como en la práctica social (en movilidad, derechos, participación e igualdad personal).

Casi todos nuestros desaciertos con este tema proceden de una mirada equivocada. La inmigración es tratada o bien con una perspectiva de utilidad instrumental (cuánta mano de obra es necesaria en un momento dado) o bien con una mirada paternalista. En el primer caso, se trata de una cuestión que tiene que ver exclusivamente con el trabajo y el mercado; en el segundo, la cuestión se aborda con una intención exclusivamente asistencial, en orden a corregir situaciones concretas de exclusión generadas por un estado de cosas sobre el que no se puede o no se quiere intervenir.

Lo que Naïr nos propone es abordarlo como una cuestión eminentemente política, comprender el carácter político, en el sentido radical del término, de la inmigración. Esto significa que los emigrantes deben estar en el centro de las políticas públicas y no en su periferia, como una cuestión de asistencia a grupos marginales o vulnerables. Estamos ante el desafío de que Europa deje de considerarlo como un problema de seguridad, fronteras y policía, y pase a gestionarlo como un asunto de derechos y ciudadanía. Porque el porvenir del emigrante es convertirse en ciudadano y no en minoría protegida.

La consecuencia más provechosa que podemos sacar de esta encrucijada es que el debate sobre la inmigración debe ser entendido como una verdadera oportunidad para que las sociedades democráticas reflexionen acerca de las condiciones del vínculo social y el contrato político sobre los que se edifican, de manera que puedan revisar las condiciones de acceso y pertenencia en una sociedad plural. Este sería, a mi juicio, el mensaje más valioso de Naïr: no se trata tanto de ver cómo introducimos a los que vienen en nuestra sociedad (que siempre termina traduciéndose en qué cambios han de realizar los emigrantes o qué costumbres nuestras han de respetar) sino de que la inmigración nos permite comprender lo que debe cambiar en un orden de cosas que tendemos a naturalizar. Al examinar la cuestión desde esta perspectiva es entonces cuando comprobamos el dramático contraste entre el pretendido universalismo de nuestra cultura jurídico-política y la institucionalización de la desigualdad.

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