Gadafi

Contra Gadafi, guerra justa

Egipto no es Túnez. Libia no es Egipto. Muy bien. Ya lo sabemos. Y podemos seguir hasta el infinito el ejercicio ubuesco. Pero entonces digamos también y sobre todo, que Gadafi no es Sadam Husein. Tiranos los dos, el trato que han merecido por parte de la comunidad internacional es bien distinto. Contra Sadam se hizo una guerra ilegal e injusta. Contra Gadafi hay ahora en marcha una guerra justísima, que es la que esta librando el pueblo libio por sus libertades, mientras quienes han sido amigos y socios empresariales del dictador hasta última hora observan horrorizados pero desde la barrera lo que esta haciendo su antiguo aliado. No a la guerra de Bush, claro está. No a la guerra de Gadafi contra su pueblo, por supuesto. Pero un sí rotundo y toda la ayuda a la guerra del pueblo libio contra el dictador que lo oprime.

Sadam era un apestado cuando George Bush desencadenó la guerra preventiva para derrocarle. Dos amplias regiones de su país, por encima del paralelo 36 por el norte y por debajo del 33 por el sur, eran zonas de exclusión de vuelos. Los inspectores de Naciones Unidas se metían en todo tipo de instalaciones en búsqueda de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y que muchos en aquel momento consideraban ya una fabricación de los servicios secretos occidentales. Sus vínculos comerciales y económicos con el exterior eran muy débiles y su ejército se hallaba todavía en pésimo estado debido a su derrota en la primera Guerra del Golfo más de diez años antes.Gadafi es todo lo contrario. Nadie le sometía a marcaje alguno desde que se convirtió en un dictador sumiso y obediente a los designios de Washington. A cambio de su honorable reintegración en el Eje del Bien había renunciado a su programa nuclear: algo que, por cierto, ahora en el momento de bunkerizarse debe echar de menos, y constituye el único mérito de Bush en todo este mal negocio. Mantenía unas estrechas relaciones con mandatarios de todo el mundo y sus intereses económicos se extendían como un pulpo desde Estados Unidos hasta Europa. Su extensa familia y su entorno político se hallan colocados en numerosos consejos de administración y tiene lazos estrechos con medios de negocios de todo el mundo, especialmente italianos y británicos.

Nada tienen que ver las figuras de los dos dictadores, y menos tienen que ver todavía las circunstancias exteriores. A Sadam no le derrocó su pueblo, sino Estados Unidos, en una guerra preventiva que hizo millares de víctimas entre la población civil inocente y que fue concebida y ejecutada como una guerra de conquista por el petróleo y por la superioridad estratégica de EE UU en la zona. La democratización de Irak fue un argumento de uso posterior, ante la inexistencia de las armas de destrucción masiva, la catástrofe de la guerra y la división provocada en la comunidad internacional. Iba dirigido a persuadir a la opinión pública más progresista, que había propugnado la obligación de proteger como principio del derecho internacional, después de los desastres de los Balcanes y de Ruanda.

A Gadafi está intentando derrocarle su pueblo. Con las manos desnudas. Sin más armas que las que pueden apresar al ejército y hasta ahora sin ayuda internacional alguna. Al contrario, hay suficientes datos para sospechar que el déspota tiene todavía canales de auxilio financiero e incluso político en las capitales occidentales. Hay ya numerosas víctimas civiles, fruto de la represión de las manifestaciones primero y ahora de la guerra civil desigual que ha desencadenado. Una intervención internacional, del tipo que fuere, no sería en ningún caso una guerra preventiva, sino un caso evidente de la obligación de proteger consagrada por Naciones Unidas. Formalmente requiere una resolución del Consejo de Seguridad, pero la legitimidad moral de una intervención, al contrario de la guerra de Irak, es absoluta.

Una acción militar o un simple apoyo logístico para ayudar a los insurgentes y terminar con la dictadura respondería plenamente a la casuística del derecho internacional sobre la justicia de un acto de guerra: 1.- serviría a una causa justa; 2.- con una intención recta; 3.- siempre como último recurso; 4.- contaría con posibilidades de éxito; 5.- se podría hacer con proporcionalidad de medios y de violencia para terminar con el mal mayor; 6.- y sólo faltaría un punto, como sería la cobertura de una autoridad legítima para que reuniera todas las condiciones. El ideal de legitimidad sería una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que requiere el voto o la abstención de Rusia y China, dos países normalmente opuestos al derecho de injerencia. Apenas alguna de estas condiciones se cumplían en Irak. Todas, incluida la última, se cumplen o se pueden cumplir en Libia.

Si no fuera posible una resolución de Naciones Unidas, valdría también para legitimar algún tipo de acción de apoyo a los insurgentes que estos se constituyeran en un gobierno provisional, rápidamente reconocido internacionalmente y que éste solicitara la ayuda imprescindible para terminar con Gadafi. La acción internacional podría ser muy ligera y muy eficaz: bastaría con declarar Libia zona de prohibición de sobrevuelos, de forma que la aviación no pudiera bombardearles; garantizar el suministro de armas para hacer frente a Gadafi; y proporcionar algo de instrucción militar. Derrocar al tirano deberá ser al final tarea de los propios libios.

No hay mayor cinismo que pretender legitimar la guerra inmoral de Irak con los argumentos de la que es la guerra más moral de nuestra historia reciente. Es incomprensible que quienes apoyaron entonces a Bush en su guerra preventiva sin atender a argumentos ni a pruebas sobre las armas de destrucción masiva estén ahora reticentes ante cualquier acción que pueda emprenderse para apoyar a quienes combaten al dictador. Como es incomprensible que quienes salían entonces con toda la razón del mundo a manifestarse contra una guerra injusta permanezcan callados e inhibidos ante la guerra injusta que Gadafi ha lanzado contra su pueblo a unos centenares de kilómetros de Europa.

Ni unos ni otros tienen en cuenta que el ‘no a la guerra’ de entonces dirigido a Bush vale también como un ‘no a la guerra’ dirigido a Gadafi. El primero conducía a exigir la continuación de las inspecciones de Naciones Unidas en Irak y de las negociaciones con Sadam Husein, mientras que el segundo exige intervenir con urgencia para ayudar a los libios. Contra Gadafi, la guerra justa de los libios exige todo el apoyo de la comunidad internacional.

Luís Bassets. El País 9 de marzo de 2011

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