Mondo

Cuando se acercaba a alguien, miraba bien de frente, sonreía y sus angostos ojos se transformaban en dos brillantes ranuras. Era su manera de saludar. Cuando una persona le gustaba, la paraba y le preguntaba sin más:

“¿No quiere adoptarme?”.

Y antes de que la persona saliera de su sorpresa, ya se había alejado.

….

Mondo quería mucho a Giordan el pescador, porque nunca le había preguntado nada. Tenía la cara enrojecida por el sol, surcada con arrugas proundas, y dos ojos pequeños de un verde intenso que sorprendían. (…) Un día vieron el mar, no muy lejos, un carguero negro que se deslizaba sin hacer ruido.

“¿Cómo se llama?”, preguntaba Mondo.

Giordan el pescador hacía visera con su mano y entrecerraba los ojos.

“Erytrea”, decía; luego, algo sorprendido, preguntaba: ¿”No tienes buena vista?”.

“No es eso”, decía Mondo. “Es que no se leer”.

“Y usted, ¿cuándo va a ir para allí?”, le preguntaba Mondo-

“¿A Africa, al mar Rojo?” Giordan el Pescador se reía. “Yo no puedo irme hasta alli, tengo que quedarme aquí, en la escollera”.

“¿Por qué?”.

Buscaba auna respuesta.

“Porque …, yo soy un marinero que no tiene barco”.

Y luego volvía a tirar su caña.

Todo eso estaba muy bien, pero había que tener cuidado con el Ciapacan. Cada mañana, al amanecer, la camioneta gris de las ventanas enrejadas circulaba lentamente por las calles de la ciudad, si hacer ruido, al ras de la acera. Merodeaba por las calles aún adormecidas y brumosas, buscando perros y niños perdidos.

Pero el preferido de Mondo era el viejo Dadi. Un día en que caminaba por la playa. lo había visto sentado en el suelo sobre una hoja de diario. El viejo buscaba el calor del sol sin prestar atención a las personas que pasaban delante de él. A Mondo le intrigaba una pequeña maleta de cartón amarillo agujereada que el viejo Dadi había apoyado en el suelo, junto a él, sobre otra hoja de diario. Dadi parecía afable y tranquilo, y Mondo no le tenía nada de miedo. Se había acercado para mirar la maleta amarilla y había preguntado a Dadi:

“¿Qué lleva dentro de esa maleta?”.

El hombre había abierto un poco los ojos. Sin decir nada, había puesto la maleta en sus rodillas y había entreabierto la tapa. Sonreía con un aire misterioso mientras pasaba la mano por debajo de la tapa y sacaba luego un par de palomas.

“Son muy lindas”, había dicho Mondo. “¿Cómo se llaman?”.

Dadi leía las plumas de los pájaros, después las acercaba a sus mejillas.

“El es Pilou y ella Zóe”.

 

 

Mondo y otras historias

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