Michael G. comienza su primer día como teleoperador en Colonia (Alemania). Se pone los auriculares, elije entre la infinidad de números de su pantalla y llama a un anciano. Le intenta vender participaciones de lotería estatal por teléfono. El objetivo final es lograr su número de cuenta corriente. Su jefe de equipo está a su lado, como un perro de presa hambriento de ventas.

Michael G. escucha como el anciano, al otro lado del teléfono, le dice que no, muchas gracias, que los 12 euros que cuesta el boleto los necesita para vivir. “Hoy no tengo ni un trozo de pan para comer”, le dice. Michael G. se estremece, se disculpa y cuelga. Sin embargo, su jefe de equipo le increpa: “¡Menudo sentimental eres! ¡La conciencia la dejas en casa!”.

Aprended de los triunfadores, le dice su jefe. Michael G. aprende rápido. Los triunfadores son los empleados que carecen de escrúpulos: los que consiguen por fin el número de cuenta corriente. Como uno de sus compañeros de mesa. Él sí ha conseguido cerrar una venta. Sucede así.

El compañero teleoperador llama y le pregunta al cliente si quiere ganar miles de euros en la lotería estatal. Le pide, después de mil vericuetos y amabilidad, los datos bancarios: se niega; pero insiste.

El teleoperador cuenta con ventaja para ganarse la confianza ajena: dispone en su pantalla, no sólo del domicilio del incauto, sino también de muchos más datos. Por ejemplo, el listado de los bancos de la zona, nombre de sucursal y primeros números.

“¿Esta es su caja de ahorros? Bien, su libreta de ahorros empieza por 520, ahora dígame el resto de dígitos si quiere ganar la lotería, por favor. Mire, me dan miles de cuentas corrientes al día. Si con eso pudiera hacer algo, ya estaría en las Bahamas”, dice al cliente el teleoperador.

Finalmente, cierra la venta y se regocija delante de sus compañeros. Puede que llegue a convertirse en el empleado del mes.

El truco está en que dicho boleto de lotería no es más que una participación ínfima de una peña de apuestas. Si gana, los euros serán a repartir entre muchos. Además, el premio, si es de menos de 50 euros, no se cobra, sino que se acumula. La persona al otro lado del teléfono no lo sabe.

El teleoperador tampoco tiene la obligación legal de comunicárselo, porque la empresa que lo contrata gana mucho dinero no sólo manejando cantidades ingentes de datos personales, sino también obviando dicha información de la letra pequeña.

Michael G. sigue indagando. El call center para el que trabaja es una empresa subcontratada. Venden lotería a cualquiera que desee comprarla. Llamas, engatusas, a menudo mientes; pero con un objetivo claro: deme usted su número de cuenta para cerrar la venta telefónica.

“Nunca preguntes directamente por sus datos bancarios, así no te los darán”, le dicen a Michael G. “Hay que ser más sutil”, le ordena su jefe de equipo.

Lo peor es que Michael G. descubre que si no vende no cobra comisiones; y su salario base es ínfimo. Tampoco puede ponerse enfermo, porque sufriría todo el equipo de ventas y, con ello, los sueldos de sus compañeros.

Una baja implica también recuperar ese tiempo perdido. Una queja suya a sus superiores supone también recibir la orden de realizar las miles de llamadas diarias de pie, como si fuera un castigo infantil.

Comienza así un trabajo de hacinamiento y oficina donde la presión, el estrés y el yugo de no cerrar ninguna venta telefónica enturbian la conducta. No importa que sea un anciano jubilado de escasos recursos. Todo vale. O casi todo. Vender, vender, vender.

¿Por qué no dejarlo entonces? Michael G. ya lo sabe. Muchos de sus colegas no lo dejan, porque no tienen otro trabajo. Y lo que es peor. Como provienen reclutados de la oficina del paro, un despido voluntario –o despido procedente por bajo rendimiento- puede incluso hacerles perder la prestación del desempleo. Un círculo vicioso difícil de romper a menos que… vendas, vendas y vendas.

Desvelemos el misterio a voces. Michael G. no es Michael G. Se llama realmente Günter Wallraff y es un periodista infiltrado bajo un disfraz de parado de la mediana edad. Todo este relato pertenece a uno de los capítulos de su libro “Con los perdedores del mejor de los mundos” (Anagrama, 2010).

El reportero alemán, también autor de “Cabeza de turco” y “El periodista indeseable”, es un especialista en reportajes de investigación en prensa o documentales con cámara oculta. Trabaja con diferentes identidades (en el primer capítulo de “Con los perdedores…” incluso se disfraza de negro para relatar el racismo oculto entre sus compatriotas).

Sin embargo, el valor de este libro es conocer cómo destapa la explotación laboral de los teleoperadores alemanes, las precarias condiciones de trabajo de una panificadora proveedora de la cadena de supermercados Lidl o las tácticas de recursos humanos de la multinacional Starbucks.

Sus incursiones camaleónicas en este “mejor de los mundos” no sólo reabrieron el debate sobre los efectos del capitalismo más feroz en Alemania, sino que, además, manifiesta el buen periodismo.

Las revistas semanales alemanas –apenas tocadas por la crisis- apuestan por la investigación. Historias humanas como las que Wallraff recopila en este libro son las que marcan la agenda informativa. Los periódicos, las radios y las televisiones siguen, posteriormente, su estela.

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