Autorretrato con radiador

Busco desde que me desperté lo que necesita el día para ser un día: un poco de alegría. Busco sin buscar. Puede venir de cualquier parte. Se nos da en un segundo para el resto de la jornada. La alegría, lo que llamó así, forma parte de lo minúsculo y de lo imprevisible. Un martillo de luz golpeando el bronce de lo real. La nota que de ello resulta se propaga por el aire, poco a poco hasta la lejanía. 

…./…

No entregar nuestro corazón a los fantasmas. Los fantasmas no son los muertos, por supuesto que no, son los vivos cuando se dejan envolver por los vendajes de sus preocupaciones.

…/…

No siempre estoy vivo- No estoy vivo durante un día entero. ¿Quién lo está?

…/…

Ella sale del baño, yo le fricciono el pelo, hablamos. Hablamos sin parar y les hacemos también hablar a los peluches. Va hacia la palabra con la libertad de sus cinco años. Las palabras son antenas con las que toca la vida y, esta noche, de repente, seria en su albornoz amarillo, mirándome fijamente a los ojos, me pregunta: “los que se mueren son siempre los mayores, nunca los niños, ¿no?” Contesto cualquier cosa, contesto para detener la pregunta, no para aclararla, contesto:”Si”. Me mira. Tiene en sus ojos la dulzura y la malicia de un viejo sabio oriental. Después de un tiempo de silencio me dice: “¿No te acuerdas de la pequeña Sofía en mi escuela, no te acuerdas de lo que te dije, que murió en un accidente de coche? ¿Por qué mientes? Eso no está bien, hay que decir siempre las cosas que se saben, hay que decir lo que existe, incluso la muerte”. Luego se ríe y vuelve a sus juegos.

…/…

Para que exista alguien, hace falta que exista alguien más, y para que uno y otro existan, hace falta que haya amor, o al menos su espera, su esperanza, su nostalgia, su promesa.

No sé si me gustaría vivir con alguien como yo. Creo que no. Gracias a Dios, no vivo conmigo.

A ciertas horas de ciertos días estoy privado de todo socorro.

Más que nada, me gusta que me dejen solo. Es mi enfermedad. Mi salud proviene directamente de mi enfermedad.

Empecé a escribir justo después de mi muerte.

Mi soledad, esta mañana, parece un vestíbulo de estación. Es igual de enorme y ruidosa.

El funámbulo debe experimentar el mismo vértigo cuando, con los ojos vendados, posa un pie tenso sobre el hilo de acero y sólo encuentra aire. La marcha hacia los abismos puede continuar. Se vuelve incluso más bailable; tutear a su propia muerte le pone a uno alegre.

Soy el único autor de lo que hay de malo en mi vida.

Trapero de luces- buen trabajo.

Y pienso en los que mueren en el momento en el que escribo esta frase, en esa dulzura que están conociendo de soltar súbitamente su presa.

Cada vez me gusta más esta vida en la que participo cada vez menos.

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