El libro recoge un total de tres conferencias pronunciadas por el autor: (1) sobre la naturaleza del fanatismo, (2) sobre la necesidad de llegar a un compromiso y, (3) sobre el goce de escribir y el compromiso.

El primero de ellos arranca recordando los hechos del 11S para decirnos que tales hechos no deben leerse como una lucha entre pobres y ricos, entre los que no tienen y los que tienen, sino una lucha de fanáticos que creen que cualquier cosa es buena para conseguir aquello que se proponen, y no es ni más ni menos que hacer valer sus valores, su manera de entender la vida e imponérsela a los demás. Es una vieja lucha, dice, entre fanatismo y pragmatismo. “¿quién habría pensado que al siglo XX le seguiría de inmediato el siglo XI?”, se pregunta con sorpresa el autor.

Por la realidad que le ha tocado vivir en Israel, se considera un experto en fanatismo comparado y reconoce haber sido un fanático en otras épocas de su vida. Cuenta la anécdota de un amigo suyo, Sammy Michael, que iba en un taxi y el taxista le iba todo el rato contanto lo importante que es para los judíos matar a todos los árabes. El pasajero en lugar de reprobarle o calificarle de nazi o cualquier otra cosa, se limitó a preguntarle: “¿y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?” Nosostros, los judíos israelíes, se apresuró a contestar el taxista. El pasajero precisó más su pregunta: “pero ¿quién en concreto debería de hacer el trabajo?, ¿la policía?, ¿el ejército?, ¿quién?”. El taxista no se lo piensa demasiado y responde: creo que deberíamos dividirlo a partes iguales, cada uno de nosotros debería matar a unos cuantos. El viajero siguió con el juego y le contestó: de acuerdo, supongamos que a usted le toca un determinado barrio residencial de su ciudad natal, y llama a la puerta de cada casa y dice algo así: disculpe señor, disculpe señora, ¿no será usted árabe?, si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a ir a casa, pero al hacerlo, le dijo al taxista, oye en alguna parte del cuarto piso llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? Después de un momento de silencio el taxista le dijo a Sammy Michael, “sabe, es usted un hombre muy cruel”.

La conformidad y la uniformidad son formas suaves de fanatismo (el deseo de pertenecer a y de que todos pertenezcamos a) al igual que el culto a la personalidad o la admiración a personas seductoras o la idealización de líderes políticos o religiosos. Y el siglo XX ha dado muestras abundantes de esto. Tal vez, dice (pág. 26) lo peor de la globalización haya sido o este siendo la infantilización del género humano: el jardín de la infancia global.

Hasta hace unos ciento cincuenta años tenía tres certezas: sabía que pasaría el resto de su vida en el lugar en que había nacido o muy cerca de él, todos sabían que se ganarían la vida como sus padres o de un modo similar a él, y, que si se portaban bien, irían a un mundo mucho mejor después de muertos. El siglo XX ha destruido estas y otras certezas. Sin embargo, ha sido un siglo palgado de ideologías. Y hacia mediados de ese siglo se empezó a buscar y a demandar la felicidad inmediata conseguida a golpe de billete y de consumo, reemplazando con ello a la antigua actitud de que la felicidad estaba por venir y duraba poco.

La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. El fanático es una persona de lo más generosa y altruista, está más interesado en los demás que en sí mismo, por la sencilla razón de que su sí mismo es tan exiguo o no lo tiene en absoluto.

Donde tenemos razón no pueden crecer flores. (Yehuda Amijai)

El segundo relato lleva por título “sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza”. Comienza recordando al, para él, “conmovedor” escritor palestino Izzat Ghazzawi con quien, a pesar de sus diferencias, tiene importantes puntos de vista compartidos, acuerdos. El conflicto árabe israelí es muy diferente de otros muchos conflictos actuales y pasados en los cuales se puede identificara a los malos y a los buenos fácilmente. Es una tragedia en el sentido más antiguo del término, es un choque brutal entre derecho y derecho. Tanto palestinos como israelitas están en un territorio al que ambos tienen el mismo derecho de llamar país u hogar. Tanto unos como otros han sido expulsados, echados de otros países en los que han estado con anterioridad. Por eso mismo argumenta: “me temo que no hay ningún malentendido entre judíos israelíes y árabes palestinos” (p.49). Resolver el problema que existe desde hace tanto tiempo entre ambos países no se va a resolver solamente tomando café, se necesita tomar o llegar a un acuerdo, a un acuerdo doloroso. Para muchos llegar a un acuerdo significa oportunismo, para él, dice, significa vida. Lo contrario a no llegar a un acuerdo es fanatismo y muerte. Ese acuerdo y ese compromiso no significan ninguna capitulación, un arrodillarse, de ninguna de las partes. Y aquí llega al planteamiento de n acuerdo de paz, no un acuerdo con los palestinos, sobre todo con la autoridad palestina. Dice que estaría dispuesto a luchar, a empuñar las armas, solo por la vida y por la libertad. Por ningún otro motivo. El mal supremo no es la guerra, es la agresión. El acuñó la frase “haz la paz, no el amor”. Con el amor solo no se puede mover el mundo y solucionar los problemas que hay en él, se necesitan más virtudes: imaginación, sentido de la justicia, de la dignidad, ser capaces de imaginar al otro y ser capces de hacer sacrificios y concesiones, llegar a un acuerdo y un compromiso. Lo contrario de guerra es paz. Ninguna otra cosa. Robert Frost: “una buena cerca hace buenos vecinos”.

Una cosa que hace duro el conflicto entre los países es que ambos son víctimas de un mismo opresor: la Europa qe colonizó el mundo árabe es la misma que discriminó, persiguió y los asesinó en un genocidio sin precedentes. Se podría pensar que dos víctimas se hermanan entre si, se hacen solidarias, eso ocurre en el teatro y en la poesía, pero no en la vida real. Cada uno de ellos ve al otro como un reflejo o una copia de su opresor. Piensa y apuesta a que el conflicto árabe-israelí será más corto que las luchas y las guerras habidas en Europa, aunque no espera una luna de miel, cree que una vez que se establezcan bien los límites de ambos países se compenzará a vivir sin el miedo y el odio al otro. Para ello rechaza la intervenció europa como mediador en el conflicto.

La tercera parte lleva por título “sobre el goce de escribir y el compromiso”. Habla de las dichas que tiene el escribir y de los motivos o circunstancias que le llevaron a hacerse escritor (la pobreza, la soledad y los helados) todos ellos muy vinculados a la vida de sus padres, expulsados de Europa.

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