Epigramas

Los epigramas primitivos, como indica su etimología griega (epi, sobre y gramma, escritura) eran textos breves destinados a figurar como inscripción en un sepulcro, una base de estatua, etc. El epigrama literario, muy difundido en época helenística, tiene su origen en estas inscripciones y de ellas toma gran parte de las características del género: brevedad, concisión, ingenio y vivacidad expresiva. El epigrama literario, concebido para ser leído o recitado, extiende su temática y pasa a expresar la más variada gama de sentimientos; se encuentran epigramas eróticos, satíricos, costumbristas, festivos y, por supuesto, fúnebres.

Comenzamos con tres de las paradojas epigramáticas que aparecen en los textos breves de Oscar Wilde (1854-1900):

Y, sin embargo, cada hombre mata lo que ama, sépanlo todos: unos lo hacen con una mirada de odio; otros con palabras cariñosas; el cobarde con un beso; ¡el hombre valiente, con una espada!

Balada de la cárcel de Reading, 1896

– Gerardo: Supongo que se divertirá uno extraordinariamente en sociedad.

– Lord Illingworth: Formar simplemente parte de ella es insoportable. Estar excluido de ella es sencillamente una tragedia.

Una mujer sin importancia, 1893

…Es tonto por su parte, pues sólo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen.

El retrato de Dorian Gray, 1890

El genial fabulista canario Tomás de Iriarte (1750-1791) da la siguiente descripción de un buen epigrama:

A la abeja semejante,

para que cause placer,

el epigrama ha de ser

pequeño, dulce y punzante.

El siguiente texto se debe al colombiano Benjamín Pereira Gamba:

¿Crees en brujas, Garai?

Le dije a mi viejo criado.

No señor, porque es pecado;

Pero haberlas sí las hay.

Mariano José de Larra (1809-1837) es el autor del divertido epigrama Siempre ha gemido la prensa:

Siempre ha gemido la prensa;
pero hoy que le das, Talidio,
a imprimir tus obras todas,
gime al menos con motivo.

El texto de debajo se debe al poeta argentino Juan Cruz Varela (1794-1839):

“No hay mujer tan apegada,
Tan fiel, tan enamorada,
Tan tierna como la mía.”
Un amigo que le oyó,
me dijo: “Más la alabara,
Si entre él y ella pasara
Lo que pasa entra ella y yo.“

La mejor manera de terminar es con el conocido epigrama Saber sin estudiar, de Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780):

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es»,
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho».

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