La transformación marítima de Darwin o cinco años a la mesa del capitán

Groucho Marx entusiasmaba siempre al público con preguntas tan obvias como “¿Quién está enterrado en la tumba de Grant?”. Pero lo aparentemente obvio a menudo puede resultar engañoso. Si no recuerdo mal, la respuesta a ¿quién dio forma a la doctrina Monroe? es John Quincy Adams. Ante la pregunta “¿Quién era el naturalista que iba a bordo del H. M. S. Beagle?”, la mayor parte de los biólogos responderían “Charles Darwin”. Y estarían equivocados. No pretendo desconcertarles ya desde el principio. Darwin iba a bordo del Beagle y efectivamente dedicó su tiempo a la Historia Natural. Pero estaba a bordo con otros fines, y, originalmente, Robert McKormick, el cirujano de a bordo, detentaba la posición oficial de naturalista de la expedición. He aquí toda una historia; no solamente un puntilloso pie de página pararla historia académica, sino un descubrimiento de no poca significación. El antropólogo J. W. Gruber daba cuenta de la evidencia en “Who was the Beagle’s Naturalist?”, escrito en 1969 para el British Journal for the History of Science. En 1975 el historiador científico H. L. Burstyn intentó dar respuesta al corolario obvio: si Darwin no era el naturalista del Beagle, ¿qué hacía a bordo?
No existe ningún documento que identifique de modo específico como naturalista oficial a McKormick, pero la evidencia circunstancial resulta abrumadora. La marina inglesa-, por aquel entonces, tenía una tradición largamente establecida de cirujanosnaturalistas, y McKormick se había educado deliberadamente para ese papel. Era un naturalista adecuado, si bien no brillante, y había desempeñado su cargo con distinción en otros viajes, incluyendo la expedición al Antártico de Ross (1839-1843) para localizar la posición del Polo Sur magnético. Más aún, Gruber ha conseguido dar con transmutación de las especies antes de transcurrido un año de su regreso. Yo sugeriría que el propio Fitzroy pudo haber sido un catalizador aún más importante.
Darwin y Fitzroy mantenían, en el mejor de los casos, una relación tensa. Tan solo las severas restricciones de la cordialidad caballeresca y la supresión previctoriana de las emociones mantuvieron a estos dos hombres en términos razonablemente amistosos. Fitzroy era un ordenancista y un conservador ardoroso. Darwin era un liberal igualmente apasionado. Darwin esquivó escrupulosamente toda discusión con Fitzroy
acerca del Acta de Reforma pendiente por aquel entonces en el Parlamento. Pero la esclavitud les enfrentó abiertamente. Una noche, Fitzroy le dijo a Darwin que había sido testigo de una demostración de la benevolencia de la esclavitud. Uno de los mayores propietarios de esclavos de Brasil había reunido a sus cautivos preguntándoles si deseaban ser libres. Como un solo hombre habían respondido que no. Cuando Darwin cometió la temeridad de preguntarse cuál habría sido la respuesta de no haber estado presente el propietario, Fitzroy explotó e informó a Darwin de que cualquiera que dudara de su palabra era indigno de compartir su mesa. Darwin dejó de asistir a la mesa del capitán y se fue a comer con los contramaestres, pero Fitzroy se volvió atrás y le envió sus excusas formales pocos días más tarde. Sabemos que a Darwin se le erizaban los cabellos ante las violentas opiniones de Fitzroy. Pero era su huésped y en un sentido peculiar su subordinado, ya que en la mar un capitán era, en tiempos de Darwin, un tirano absoluto e incuestionado. Darwin no podía expresar su desacuerdo. Durante cinco largos años, uno de los hombres mis brillantes de la historia guardó silencio. Ya entrado en años, Darwin recordaba en su autobiografía: “la dificultad de vivir en buenos términos con el capitán de un barco de la Armada se ve grandemente incrementada por el hecho de que sea prácticamente un motín el responderle como uno le respondería cualquier otra persona; y por el temeroso respeto con que le contemplan -o le contemplaban en mis tiempos- todas las personas de a bordo.”
Ahora bien, la política conservadora no era la única pasión ideológica de Fitzroy. La otra era la religión. Fitzroy tenía sus momentos de duda acerca de la verdad literal de la Biblia, pero tendía a considerar a Moisés un historiador y geólogo fiable, e incluso dedicaba un tiempo considerable a intentar calcular las dimensiones del Arca de Noé. La idée fixe de Fitzroy, al menos más adelante en su vida, fue el “argumento del diseño”, la creencia de que la benevolencia divina (de hecho incluso la propia existencia de Dios) puede inferirse de la perfección de la estructura orgánica. Darwin, por su parte, aceptaba la idea de la excelencia del diseño pero proponía una explicación natural que difícilmente podría haber sido más contraria a las convicciones de Fitzroy. Darwin desarrolló una teoría evolutiva basada en la variación al azar y la selección natural impuesta por un medio ambiente exterior: una versión de la evolución rígidamente materialista (y básicamente atea) (véase ensayo 1). Había otras muchas teorías evolutivas en el siglo XIX que resultaban mucho más compatibles con el tipo de cristianismo de Fitzroy. Por ejemplo, los líderes religiosos tenían muchos menos problemas con las propuestas habituales de tendencias innatas hacia la perfección que con la visión mecánica sin paliativos de Darwin.
¿Se vio Darwin impelido hacia esta visión filosófica en parte como respuesta a la insistencia dogmática de Fitzroy en el argumento del diseño? Carecemos de evidencia de que Darwin, a bordo del Beagle, fuera otra cosa que un buen cristiano. Las dudas y el rechazo vinieron luego. A mitad de la travesía, le escribió a un amigo: “A menudo hago conjeturas acerca de lo que será de mí: si me dejara llevar por mis deseos acabaría sin duda siendo un clérigo de aldea.” E incluso escribió a medias con Fitzroy una solicitud de apoyo al trabajo misional titulado, “The moral State of Tahiti” (El estado moral de Tahití). Pero las semillas de la duda debieron quedar sembradas en las tranquilas horas de contemplación a bordo del Beagle. Y pensemos en la posición de Darwin en el barco -cenando todas las noches durante cinco años con un capitán autoritario al que no podía contradecir, cuya actitud y visión políticas eran opuestas a todas sus creencias, y al que básicamente no apreciaba. ¿Quién sabe qué “silenciosa alquimia” pudo producirse en el cerebro de Darwin en el transcurso de cinco años de continuas arengas? Fitzroy bien pudo resultar mucho más importante que los Pinzones, al menos en la inspiración materialista y antiteística de la filosofía y la teoría evolutiva de Darwin. Fitzroy, desde luego, se echaba la culpa cuando, ya más entrado en años, perdió la cabeza. Empezó a considerarse el involuntario agente de la herejía de Darwin (de hecho, lo que yo sugiero es que esto bien podría ser cierto en un sentido mucho más literal que el que jamás imaginara Fitzroy). Surgió en él un ardiente deseo de expiar su culpa y reafirmar la supremacía de la Biblia. En la famosa Reunión de la Iritis Asociación de 1860 (en la que Huxley le dio un revolcón al obispo “Soapy Sam” (Sam el Jabonoso) Wilberforce), el desequilibrado Fitzroy iba de un lado a otro sosteniendo una Biblia sobre su cabeza y gritando, “El Libro, El Libro.” Cinco años más tarde se pegó un tiro.

Stephen Jay Gould: Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural

 

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