El dilema de Darwin: La odisea de la evolución

La exégesis de la evolución como concepto ha ocupado las vidas de un millar de científicos. En este ensayo, presentó algo casi irrisoriamente limitado por comparación -una exégesis de la propia palabra. Intentaré seguir el rastro a cómo el cambio orgánico llegó a ser llamado evolución. La historia resulta compleja y fascinante como ejercicio de anticuario, de detección etimológica. Pero en realidad hay en juego más cosas, ya que un antiguo uso de esta palabra ha contribuido a la malinterpretación más común, y aún vigente entre los legos, de lo que quieren decir los científicos al hablar de evolución.
Empecemos con una paradoja: Darwin, Lamarck y Haeckel -los más grandes evolucionistas del siglo XIX de Inglaterra, Francia y Alemania, respectivamente -no utilizaron la palabra evolución en las ediciones originales de sus grandes obras. Darwin hablaba de “descendencia con modificación”, Lamarck de “transformismo”. Haeckel prefería “trasmutations-theorie” o “descendenz-theorie”. ¿Por qué no utilizaron el término “evolución”- y cómo adquirió su actual nombre la historia del cambio orgánico?
Darwin eludía el término evolución como descripción de su teoría por dos motivos. En sus tiempos, para empezar, la evolución tenía ya un significado técnico-en biología. De hecho, describía una teoría embriológica irreconciliable con los criterios de Darwin acerca del desarrollo orgánico.
En 1744, el biólogo alemán Albrecht von Haller había acuñado el término evolución para la teoría de que los embriones se desarrollaban a partir de homúnculos preformados que iban dentro del huevo o el esperma (y que, por fantástico que pueda parecernos hoy en día, todas las generaciones futuras habían sido creadas en los ovarios de Eva o en los testículos de Adán, dispuestos como las muñecas rusas, unas dentro de otras -un homúnculo en cada uno de los óvulos de Eva, un homúnculo más diminuto en cada óvulo del homúnculo y así sucesivamente. Esta teoría de la evolución (o preformación) tenía sus oponentes en los epigenetistas que creían que la complejidad de la forma adulta surgía de un huevo inicialmente informe (véase el ensayo 25 para una narración más detallada de este debate). Haller eligió el término cuidadosamente, ya que evolvere en latín significa “desenrollar”; así, el diminuto homúnculo se desplegaba de-su alojamiento originalmente pequeño y se limitaba a crecer de tamaño en el transcurso de su desarrollo embrionario.
No obstante, la evolución embriológica de Haller parecía excluir la descendencia con modificación de Darwin. Si toda la historia de la raza humana estaba preempaquetada en los ovarios de Eva, ¿cómo iba a poder la selección natural (o ninguna otra fuerza si a eso vamos) alterar el curso predeterminado de nuestra estancia en la tierra?
Nuestro misterio parece ir en aumento. ¿Cómo pudo transformarse el término de Haller en algo prácticamente opuesto? Esto fue posible sólo porque la teoría de Haller estaba ya agonizando en 1859; tras su defunción, el término que Haller había empleado quedó disponible para otros fines.
“Evolución” como descripción de la “descendencia con modificación” de Darwin, no deriva de un significado técnico anterior; más bien constituye una expropiación del término vernáculo. Evolución, en tiempos de Darwin, se había convertido en una palabra inglesa común con un significado diferente al técnico de Haller. El Oxford English Dictionary le sigue la pista hasta un poema de H. More de 1747: “La evolución de formas externas se despliega en el vasto espíritu del mundo.” Pero esto era un “desplegarse” en un sentido muy diferente al buscado por Haller. Implicaba “la aparición en sucesión ordenada de una larga serie de sucesos”, y, más importante, daba cuerpo a un concepto de desarrollo progresivo -un despliegue ordenado desde lo simple hasta lo complejo. El O.E.D. prosigue, “el proceso de desarrollo de un estado rudimentario a uno maduro o completo.” Así pues, el término evolución, en lengua vernácula, estaba firmemente vinculado al concepto de progreso.
Darwin sí utilizó la palabra evolución en este sentido vernáculo -de hecho es la última palabra de su libro.
Hay grandeza en esta visión de la vida, con sus diversos poderes originalmente alentados en unas pocas formas o en una sola; y en que, mientras este planeta ha continuado sus ciclos de acuerdo con la ley fija de la gravitación, de un principio tan simple, formas supremamente hermosas y maravillosas hayan evolucionado (…y sigan haciéndolo).
Darwin decidió utilizar la palabra en este pasaje porque deseaba contrastar el flujo del desarrollo orgánico con la fijeza de las leyes físicas como la gravitación. Pero era una palabra que utilizaba muy rara vez, ya que rechazaba explícitamente la común ecuación de lo qué hoy en día denominamos evolución con cualquier noción de progreso.
En un famoso epigrama, Darwin se recordaba a sí mismo que jamás debía decir “superior” o “inferior” al describir la estructura de los organismos.-porque si una ameba está igual de bien adaptada a su medio ambiente como lo estamos nosotros al nuestro, ¿quién tiene derecho a decidir que nosotros somos criaturas superiores? Así pues, Darwin rechazaba la evolución como descripción de su descendencia con modificación, tanto porque su significado técnica chocaba con sus creencias como porque se sentía incómodo con la idea de progreso inevitable inherente a su significado vernáculo.
La evolución hizo su aparición en la lengua inglesa como sinónimo de descendencia con modificación a través de la propaganda de Herbert Spencer, el infatigable erudito victoriano en casi cualquier tema. La evolución era para Spencer la ley suprema de todo desarrollo. Y para un prepotente victoriano, ¿qué otro principio sino el progreso podía gobernar los procesos de desarrollo del universo? Así, Spencer definió la ley universal en su First Principles, en 1862: “La evolución es una integración de la materia y una disipación concomitante del movimiento durante la cual la materia pasa de una homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad coherente y definida.”
Otros dos aspectos del trabajo de Spencer contribuyeron al establecimiento de la evolución en su significado actual: en primer lugar, al escribir sus muy populares Principles of Biology (1864-1867), Spencer utilizó conscientemente el término “evolución” como descripción del cambio orgánico. En segundo lugar no consideraba al progreso una capacidad intrínseca de la naturaleza, sino el resultado de una “cooperación entre fuerzas internas y externas (ambientales)”: Este punto de vista encajaba magníficamente con la mayor parte de los conceptos de la evolución orgánica del siglo XIX, ya que los científicos victorianos identificaban sin problemas el cambio orgánico con el progreso orgánico. Así pues, el término evolución estaba disponible siempre que los científicos buscaban un término más sucinto que la descendencia con modificación de Darwin. Y, dado que la mayor parte de los evolucionistas consideraban el cambio orgánico como un proceso dirigido hacia un incremento en la complejidad (es decir, hacia nosotros), su apropiación del término general de Spencer no infringió violencia alguna a su definición.
No obstante, no deja de ser irónico que el padre de la teoría evolutiva se quedara prácticamente solo en su insistencia en que el cambio orgánico llevaba tan solo a una mayor adaptación y no a ningún ideal abstracto de progreso definido por la complejidad estructural o por una creciente heterogeneidad-jamás debe decirse superior e inferior. Si hubiéramos prestado atención a la advertencia de Darwin, nos hubiéramos ahorrado buena parte de la confusión y de los malentendidos que existen hoy en día entre los científicos y los legos. Porque el punto de vista de Darwin ha triunfado entre los científicos, que hace ya largo tiempo han abandonado el concepto de la necesaria ligazón entre evolución y progreso por considerarla un prejuicio antropocéntrico de la peor especie. No obstante, la mayor parte de los legos siguen identificando la evolución con el progreso y definen la evolución humana no simplemente en términos de cambio, sino como un incremento de la inteligencia, la estatura o alguna otra medida de supuesta mejora.
En lo que bien podría ser el documento anti-evolutivo de mayor difusión de nuestros tiempos, el panfleto “¿Llegó aquí el hombre por evolución o por creación?”, de los Testigos de Jehová se proclama: “La evolución, en términos muy sencillos, significa que la vida progresó de los organismos unicelulares a su estado más elevado, el ser humano, por medio de una serie de cambios biológicos que tuvieron lugar en-el transcurso de millones de años… El simple cambio dentro de un tipo básico de ser vivo no ha de ser considerado como evolución”.

Esta falaz identificación de la evolución orgánica con el progreso sigue teniendo desafortunadas consecuencias. Históricamente, engendró los abusos del darwinismo social (que el propio Darwin siempre miró con sospecha). Esta teoría desacreditada catalogaba los grupos y las culturas humanas con arreglo a su supuesto nivel de desarrollo evolutivo, con los europeos blancos a la cabeza de la clasificación (cosa poco sorprendente), y los pueblos habitantes de sus colonias conquistadas a la zaga. Hoy en día sigue siendo un componente primario de nuestra arrogancia global, de nuestra convicción de dominio sobre el millón largo de especies diversas que habitan nuestro planeta. El dedo flamígero ya ha escrito, por supuesto, y nada puede hacerse. No obstante me apena un tanto que los científicos hayan contribuido a un malentendido fundamental eligiendo una palabra vernácula que significa progreso para sustituir al menos eufónico pero más precisa nombre de “descendencia con modificación” de Darwin.

Setephen Jay Gould: Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural.

 

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