En busca de seguridad en un mundo hostil

Zygmunt Bauman

Cuando los pobres luchan contra los pobres, los ricos tienen los mejores motivos para alegrarse. No se trata únicamente de que la perspectiva de los que sufren firmen un pacto contra los culpables de su miseria. Existen razones menos banales para la alegría: razones específicas del nuevo carácter de la jerarquía global del poder. Como ya se ha indicado, esa nueva jerarquía funciona mediante una estrategia de desvinculación que, a su vez, depende de la facilidad y velocidad con la que los nuevos poderes globales sean capaces de moverse, desligándose de sus compromisos locales a voluntad y sin previo aviso y dejando a los locales y a todos los que queden detrás, la abrumadora tarea de recomponer los destrozos. La libertad de movimientos de la elite depende, en muy gran medida, de la incapacidad o falta de disposición de los locales de actuar conjuntamente. Cuanto más pulverizados estén, cuanto más débiles y exiguas las unidades en las que estén divididos, tanto más disiparán su ira en la lucha contra sus vecinos de al lado, parecidamente impotentes, y menor será la probabilidad de que actúen conjuntamente alguna vez. Nadie será nunca lo suficientemente fuerte como para evitar otro acto de escamoteo, para contener el flujo, para mantener en su sitio los volátiles recursos de supervivencia. (…) El orden global precisa mucho desorden local para no tener nada que temer.
Confiar en que el Estado, debidamente interpelado y presionado, haga algo tangible para mitigar la inseguridad de la existencia no es mucho más realista que la esperanza de acabar con la sequía mediante la danza de la lluvia. (…) Allí donde ha fracasado el Estado, quizá la comunidad, la comunidad local, la comunidad físicamente tangible, material, una comunidad encarnada en un territorio habitado por sus miembros y por nadie más (nadie que no pertenezca a ella) provea el sentimiento de seguridad que el mundo, en sentido más amplio, evidentemente conspira en destruir.
La certidumbre y la seguridad de las condiciones existenciales difícilmente puedan comprarse recurriendo a la propia cuenta bancaria: pero la seguridad del lugar sí puede comprarse, a condición de que la cuenta sea lo suficientemente grande; las cuentas bancarias de los globales son, por lo general, suficientemente grandes. (…) Quienes creen que nada podía hacerse para aplacar, y no digamos exorcizar, el espectro de la inseguridad, están atareados adquiriendo alarmas antirrobo y alambres de púas. Lo que buscan es el equivalente de un refugio nuclear personal; denominan comunidad al refugio que buscan. La comunidad que buscan equivale a un entorno seguro, libre de ladrones y a prueba de extraños. Comunidad equivale a aislamiento, separación, muros protectores y verjas con vigilantes.
El espectro de las calles inseguras que hiela la sangre y destroza los nervios, mantiene a la gente lejos de los espacios públicos y les disuade de buscar el arte y las habilidades que se requieren para participar en la vida pública.
Echamos en falta la comunidad porque echamos en falta la seguridad, una cualidad crucial para una vida feliz, pero una cualidad que el mundo que habitamos cada vez es menos capaz de ofrecer e incluso más reacio a prometer. Pero la comunidad sigue echándose en falta tenazmente, elude nuestra aprehensión o sigue desmoronándose, porque la forma en la que este mundo nos incita a cumplir nuestros sueños de una vida segura no nos acerca a su cumplimiento: en vez de mitigarse, nuestra inseguridad aumenta a medida que seguimos adelante, de modo que continuamos soñando, intentándolo y fracasando.
La inseguridad nos afecta a todos, inmersos como estamos en un mundo fluido e impredecible de desregulación, flexibilidad, competitividad e incertidumbre endémicas, pero cada uno de nosotros sufre ansiedad por sí solo, como un problema privado, como un resultado de fracasos personales y como un desafío a su savoir-faire y agilidad privadas. Se nos pide, como ha observado ácidamente Ulrich Beck, que busquemos soluciones biográficas a contradicciones sistémicas; buscamos la salvación individual de problemas compartidos. Es improbable que esa estrategia logre los resultados que buscamos, puesto que deja intactas las raíces de la inseguridad; además, es precisamente ese recurso de nuestro ingenio lo que introduce en el mundo la inseguridad de la que queremos escapar.
Es difícil (y al fin de cuentas humillante) preocuparse por amenazas que no se pueden dominar, y no digamos combatir. Las fuentes de la inseguridad no son visibles y no aparecen en los mapas que se venden en los quioscos de prensa, así que no podemos localizarlas con precisión ni podemos intentar cegarlas.
Oímos hablar por doquier de las amenazas a la seguridad de las calles, hogares y cuerpos y los que escuchamos sobre ellas parece concordar con nuestra propia experiencia cotidiana, con las cosas que vemos con nuestros propios ojos. La demanda de limpiar los alimentos que comemos de ingredientes dañinos y potencialmente letales y la demanda de limpiar las calles por las que caminamos de extraños inescrutables y potencialmente letales son las que se escuchan más comúnmente cuando se habla de los modos de mejorar nuestra vida; también son las que parecen más creíbles (es más, obvias) que cualesquiera otras. Estamos dispuestos a calificar de delito y deseamos castigar, cuanto más severamente mejor, las actuaciones que contravengan esas demandas.
El jurista francés Antoine Garapon ha observado que en tanto las acciones condenables cometidas “en el nivel superior” dentro de las oficinas de las grandes corporaciones multinacionales suelen pasar desapercibidas -y si llegan efímeramente, a la opinión pública se entienden mal y se les presta poca atención- la ira pública alcanza su extremo más colérico y vengativo cuando se trata del daño infligido al cuerpo humano.
Todos somos interdependientes en este mundo nuestro, en rápido proceso de globalización, y debido a esta interdependencia ninguno de nosotros puede ser dueño de su destino por sí solo. Hay cometidos a los que se enfrenta cada individuo que no pueden abordarse ni tratarse individualmente. Todo lo que nos separe y nos impulse a mantener nuestra distancia mutua, a trazar esas fronteras y a construir barricadas, hace el desempeño de esos cometidos más difícil. Todos necesitamos tomar el control sobre las condiciones en las que luchamos con los desafíos de la vida, pero para la mayoría de nosotros, ese control sólo puede lograrse colectivamente.
Aquí, en la ejecución de esos cometidos, es donde más se echa en falta la comunidad; pero es también aquí, para variar, donde está la oportunidad de que la comunidad deje de echarse en falta. Si ha de existir una comunidad en un mundo de individuos, sólo puede ser (y tiene que ser) una comunidad entretejida a partir del compartir y del cuidado mutuo; una comunidad que atienda a y se responsabilice de la igualdad del derecho a ser humanos y de la igualdad de posibilidades para ejercer ese derecho.

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