Bebés: la imaginación al poder

Interesantes investigaciones llevadas a cabo por Alison Gopnik sobre el desarrollo y el aprendizaje en bebés.

El mundo cambia nuestra mente mediante el aprendizaje;y nuestra mente también puede cambiar el mundo Alison Gopnik

Eduard Punset: Los niños me son, por una parte, muy familiares pero, por otra, muy ajenos, lo que quiero decir es que no sé nada de bebés. Veo a mi propio equipo en el trabajo, mujeres jóvenes con sus bebés que intentan buscar un lugar donde dejen de llorar, sus maridos dando vueltas por ahí… Y pienso: “¡Madre mía, cuánto esfuerzo implica cuidar a un bebé!”, y me pregunto: ¿Para qué? ¿Por qué tenemos hijos?
Alison Gopnik: Es muy desconcertante y todavía lo es más cuando te das cuenta de que los seres humanos tienen un grado mucho mayor de inmadurez, una niñez mucho más larga que cualquier otra especie animal. Por eso yo creo que todas las madres, incluso las madres que se sienten más felices con sus bebés, cuando ven a esos gatitos que con un mes de edad ya son independientes, piensan: “¿Por qué no pasará lo mismo con los niños?”

Eduard Punset: Y es que los bebés tienen el período productivo de aprendizaje más largo de todas las especies.

Alison Gopnik: Así es. Una de las cosas que yo digo es que los bebés son como el departamento de I+D de la especie humana. Resulta que existe una correlación entre la duración del período de inmadurez, es decir, el tiempo durante el cual un animal es un bebé, y el grado de sofisticación y flexibilidad de su cognición como adulto, así como de su dependencia del aprendizaje. Los bebés y los niños pequeños tienen ese largo período de aprendizaje en el que como los científicos, como los investigadores del campo evolutivo, lo único que tienen que hacer es una lluvia de ideas, pensar en las cosas sencillas, descubrir las cosas. Y nosotros, los adultos, desde nuestro departamento de marketing, cogemos esas cosas que aprendimos cuando éramos niños y las utilizamos en nuestro entorno concreto para desarrollarnos y hacer todo lo que tenemos que hacer desde el punto de vista evolutivo.
Eduard Punset: Mientras hablabas, pensaba en los pollitos, por ejemplo… Al cabo de media hora nada más, son capaces de comer y de corretear por ahí… Y los bebés tardan seis o siete años en empezar a tener una noción del tiempo. Es cierta esa correlación, eh, y ¿acaso se da también en otros animales?
Alison Gopnik: Bueno, los pollos son un ejemplo muy bueno porque donde primero se vio esta correlación fue en las aves. Resulta que los pollos, los pavos y todos esos tipos de animales denominados galliformes -entre los biólogos se conocen como una especie precoz- tienen un período muy corto de inmadurez y, francamente, no son demasiado inteligentes. Ahora, si nos fijamos en los cuervos, por ejemplo, unos pájaros como los cuervos, necesitan casi un año y medio para independizarse de sus madres, lo que representa un período muy largo en la vida de un ave y, sin embargo, los cuervos están entre las aves más inteligentes. No sólo entre las aves más inteligentes sino que también rivalizan con los primates en términos intelectuales, sobre todo en lo que respecta a su habilidad para aprender de nuevas herramientas. Por supuesto, nosotros dependemos del aprendizaje mucho más que cualquier otra especie y nuestros bebés son inmaduros durante mucho más tiempo. Y es interesante porque creo que  históricamente, a medida que evolucionamos, dependemos cada vez más del aprendizaje y por eso nuestro período de inmadurez es cada vez más largo.
Eduard Punset:Ahora tenemos que aprender inglés y…
Alison Gopnik: ¡Y nuestros hijos estudian en la universidad hasta los treinta!
Eduard Punset: Es increíble. O sea que realmente la primera conclusión que sacamos cuando analizamos científicamente la situación de los bebés es el larguísimo tiempo que necesita una especie para aprender si quiere ser sofisticada como nosotros. Y una especie es más inteligente cuanto más tonta es, cuanto más tiempo tarda en aprender. Alison, estamos empezando a adentrarnos en el proceso de aprendizaje que, realmente, es algo maravilloso. Cuando entras en una escuela o te cuelas en una clase, por ejemplo, puedes comprobar que todos se hacen pasar por otros: una se cree una princesa, otro se cree un gran chef de cocina, otro hace ver que es un amante, ¡madre mía!, ¿es así como aprendemos, jugando a ser otros?
Alison Gopnik: Bueno, siempre ha habido esa duda de por qué los niños entre los dieciocho meses y los cinco años pasan tanto tiempo en ese mundo imaginario y personas como Freud o Piaget pensaron que se debía al hecho de que no podían distinguir entre la fantasía y la realidad. Pero los trabajos que hemos llevado a cabo durante los últimos treinta años han puesto de manifiesto que no es cierto en absoluto. Entienden perfectamente las diferencias entre el mundo real y el mundo imaginario. Es sólo que preferirían vivir en el mundo imaginario. ¡Y nadie puede culparlos por ello! Pero sí que podríamos preguntarnos cuál es su función. Aprendemos a ver cómo es el mundo pero también aprendemos a ver cuán diferente podría ser, cuán distinto de lo que es y, de hecho, ésta es nuestra mayor ventaja evolutiva. En cierto modo, ¡también nosotros vivimos en mundos imaginarios! Todo lo que hay en esta habitación empezó como una posibilidad imaginaria en la mente de algunos seres humanos.
Eduard Punset: Me temo que al final de esta conversación volveré a creer en el sentido y la belleza de los bebés. Estamos descubriendo, con estudios como los tuyos y libros como los que tú has publicado, que lo más importante, primero, es la atención. Tenemos que estar atentos. Y según parece, has descubierto que cuando prestan atención a un tema concreto, primero tienden a pensar en cosas externas más que internas. ¿Qué quieres decir exactamente?
Alison Gopnik: Parece que los bebés y los niños pequeños son menos introspectivos pero sobre todo, y lo que es más importante, no parece que tengan esa idea de un ser único y unificado como los adultos.
Eduard Punset: Sí, es cierto.
Alison Gopnik: Como adultos, pensamos que hay ese autobiógrafo interior, ese director general interior que está en nuestras mentes y observa lo que hacemos y nos lleva a hacer lo que hacemos. Aparentemente, los niños pequeños no tienen ese mismo sentido de tener un ser que constantemente hace cosas pero, en cambio, lo que parece que hacen no es simplemente prestar atención al mundo exterior sino prestar atención a cualquier cosa del mundo exterior que les enseñe algo… Y en nosotros, como adultos, nuestra atención depende de nuestros planes, objetivos e intenciones.
Eduard Punset: Hay una cosa que no he entendido. Lo he leído en alguna de tus investigaciones o en algún libro tuyo. Hablas de los “contra-factuales”. ¿Qué quieres decir?
Alison Gopnik: Bueno, los “contra-factuales” son otra capacidad muy diferenciada que tiene el ser humano de imaginar el mundo de forma distinta a como es hoy. Un contra-factual no sólo es que yo sé que estoy aquí en esta entrevista sino también que yo sé que si me hubiese quedado en un atasco, podría haber llegado tarde a la entrevista o que si estuviera lloviendo, hubiera llegado empapada. Así que no sólo conozco este mundo sino también todos estos otros mundos posibles. La idea es que una de nuestras formas de aprendizaje es imaginar todas estas posibilidades, todas estas hipótesis y preguntarnos qué grado de probabilidad tiene cada una de ellas. No es sólo que tengamos una única idea sobre el funcionamiento del mundo…
Eduard Punset: Y cómo me sentiré, ¿no? ¿Cómo me sentiré ante cada posibilidad?
Alison Gopnik: Así es, así es. Lo que ocurrirá… Una de las cosas que podemos hacer es decir: “Existe esta posibilidad, ahora voy a imaginarme mentalmente qué pasaría si esta posibilidad se hiciera realidad, y si esta otra posibilidad fuera cierta…”. Y ves que es esto lo que sucede cuando aprendemos ya que podemos decir: “De acuerdo, si esta posibilidad es cierta, voy a imaginarla mentalmente para ver qué ocurre.” Después podemos comprobar si ha ocurrido o no.

Eduard Punset: No sé cuánto tiene que ver con los contra-factuales o con los niños, pero tú me estás diciendo que, muy a menudo, el que ha obtenido la medalla de plata se siente mucho peor que el de la medalla de bronce…
Alison Gopnik: Nosotros, los adultos, igual que los niños, vivimos en esos mundos posibles y esos mundos posibles nos importan tanto como el mundo real. Así que la razón por la que el que ha ganado la medalla de plata se siente más decepcionado que el de la medalla de bronce, y lo puedes ver incluso en la expresión de sus rostros, es porque ¿cuál es el mundo posible en el que están pensando los ganadores de las medallas? Bueno, la persona que ha ganado la medalla de plata piensa: “¡Casi he ganado el oro! Otro mundo hubiera sido posible si hubiese tocado el bordillo…”, ya sabes en las competiciones de natación, “¡una centésima de segundo antes, estaría ahí y hubiera ganado el oro!.” El ganador del bronce piensa: “Si hubiese sido un poquito más lento, no hubiera ganado ninguna medalla, ni siquiera estaría en el podio.”
Eduard Punset: Por eso está contento.
Alison Gopnik: Así que para el ganador de la plata, el contra-factual relevante, la otra posibilidad en la que piensa es: “podría haber ganado el oro”, mientras que el ganador de la medalla de bronce piensa: “podría no haber ganado nada”.
Eduard Punset: ¿Y cómo reaccionan los bebés? ¿Qué tiene que ver la mente de los bebés con todo esto?

Alison Gopnik: Bueno, sabemos que cuando los bebés tienen dieciocho meses, y desde luego cuando tienen dos años, ya pueden apreciar lo que podría haber ocurrido. Así que si les cuentas un cuento y les dices: “Mira, ahí está Ducky y lleva las botas llenas de barro. Se ha metido en la cocina y, ves, la ha dejado hecha un desastre.” ¿Qué habría ocurrido si se hubiese quitado las botas antes de entrar en la cocina? Y el niño te contesta: “Bueno, si se hubiese quitado las botas sucias, la cocina estaría limpia.” Parece bastante obvio pero si lo pensamos se trata de un contra-factual ya que nos está diciendo que ahí está la otra posibilidad: volvemos atrás, se quita las botas y la cocina está limpia.
Eduard Punset: Ahora dime ¿por qué tenemos que enseñar a los niños a amar?
Alison Gopnik: Bueno, una de las cosas más importantes que tienen que aprender los bebés es a amar porque el hecho evolutivo de que sean tan dependientes de nosotros significa que hay que ocuparse de ellos, y tienen que entender cómo funciona el afecto. Nuestra capacidad de amar es una de las más importantes como seres humanos. Hemos descubierto que incluso los bebés más pequeños ya son suficientemente sensibles como para entender cómo funciona el amor. Por ejemplo, algunos bebés parecen aprender que si están afligidos y lloran su papá o mamá se va a ocupar de ellos. Pero parece que hay otros bebés que aprenden que si lloran, papá y mamá se van a disgustar más y no se van a ocupar tanto de ellos. Es muy triste porque parece que esos bebés han aprendido a no estar pendientes de papá y mamá ante una situación de estrés. Con sólo un añito de vida ya están aprendiendo a reprimir sus emociones. Aprenden que ésa es una buena manera de hacer frente a una situación que tiene que ver con el afecto. Disponemos de algunos datos recientes bastante interesantes que prueban que incluso los niños de dieciocho meses, si les enseñas una escena como: “Mira, ahí está mamá y ahí está el bebé. Y el bebé llora. ¿Qué crees que va a pasar? Pues, de hecho, depende de su propia relación…
Eduard Punset: De amor.
Alison Gopnik: Sí, en función de su propia relación con sus cuidadores, tendrán distintas predicciones en relación con los demás. Así que incluso esos bebés tan pequeños, algunos piensan: “Ah sí, cuando el bebé llora, mamá se acerca”. Y otros piensan que cuando un bebé llora, mamá se marcha. Y tenemos datos que prueban que esa idea tan básica de cómo me trata la gente a la que quiero, se mantiene hasta la edad adulta. Si nos fijamos en los adultos que se despiden de sus seres queridos en un aeropuerto, algunos se resisten, se acercan a la ventana, se cogen de la mano… Otros cogen el periódico y no miran y actúan como si no fuera con ellos. De hecho, pensamos que podemos encontrar una explicación en lo que los niños aprendieron cuando eran muy pequeños, algo que perdura en la manera que tienen de concebir el cariño, incluso como adultos.
Eduard Punset: Estamos en el filo de un tema que es inefable pero me gustaría conocer tu opinión, se trata de la moral. La experiencia que tengo es que al principio de la vida, creo que el propio Piaget lo creía así, no hay moral alguna, los bebés incluso podrían matar a un animal pequeño, pero otros dicen que no, que existe una especie de moral innata. Quiero decir, ¿tienen o no los niños un sentido moral?
Alison Gopnik: Como has dicho, la gente solía pensar que los niños eran amorales. Pero de lo que hemos empezado a darnos cuenta es de que al menos algunos aspectos de moralidad, la empatía, la compasión, existen incluso en los niños más pequeños. Hay un experimento muy bonito que llevó a cabo Felix Warneken: hizo que se le cayera un bolígrafo al suelo o bien lo tiró él mismo al suelo. La situación era que el que hacía el experimento no podía alcanzar el bolígrafo pero el bebé sí; si gateaba entre los cojines y por toda la habitación podía alcanzar el bolígrafo y devolvérselo al experimentador. Y lo que demostró fue que incluso bebés de catorce meses se subían a los cojines, cogían el bolígrafo y se lo devolvían al experimentador si se le había caído, pero no si éste lo había tirado al suelo. De ello se infiere que si los bebés piensan que alguien quiere algo, ellos deberían ayudarlo a conseguirlo. Cuando tienen dieciocho meses, tenemos ya claros ejemplos de altruismo. Si un niño pequeño ve que alguien tiene problemas, se acercará a él y hará lo posible para reconfortarlo y hacer que se sienta mejor. Todavía más interesantes son los estudios hechos con niños de dos años y medio que ponen de manifiesto que distinguen entre ese tipo de sentimiento moral y las meras convenciones morales. Así, si les dices: “Imagínate que el maestro ha dicho que no está mal pegarle a otro niño o que no pasa nada por tirar la ropa al suelo en la guardería”; los niños de dos años y medio a tres años dirán que nunca hay que pegarle a otro niño aunque el profesor diga que no pasa nada. Pero si el maestro dice que se puede tirar la ropa al suelo, bueno, entonces vale, dirán que no pasa nada si se tira al suelo. Es como si los niños pensaran en ese núcleo moral básico que… en esencia, es la regla de oro: trata a los demás como quieras que te traten a ti o no hagas daño a los demás, al contrario, ayúdalos a alcanzar su meta. Incluso los niños pequeños piensan que se trata de un núcleo moral básico.

AEduard Punset: Una especie de moral innata. Esto explicaría, en cierto modo, lo que dices acerca de que son más capaces que el resto de las personas de predecir los sentimientos de los demás, cómo se comportarán los otros, si tirarán la ropa al suelo o no. ¿Tienen esa capacidad especial para prever lo que sienten los demás?

Alison Gopnik: Bueno, creo que, concretamente, cuando hablamos de las emociones, está claro que los bebés son muy sensibles, especialmente a las señales no verbales que nos hablan de emociones. Sabemos que bebés de nueve meses reaccionarán ante caras de sorpresa, caras de alegría, y parece que según unos estudios recientes, incluso son capaces de distinguir si se trata de un rostro que realmente refleja alegría o si sólo se está fingiendo estar alegre. Pienso que como adultos tendemos a confiar mucho más en lo que la gente nos cuenta sobre sus sentimientos. Los bebés, en cambio, confían mucho más en lo que el rostro refleja o en las emociones, y creo que es una forma de conocimiento interior mucho más fiable.
Eduard Punset: Alison, para acabar ¿Realmente crees que estudiando a los bebés, como tú haces, podemos aprender mucho sobre los adultos?
Alison Gopnik: Bueno, creo que muchas de las cosas que nos diferencian como seres humanos es nuestra capacidad de aprender, nuestra capacidad de imaginar alternativas, nuestra capacidad de cambiar lo que hacemos a medida que imaginamos nuevas posibilidades. Creo que muchas de estas capacidades dependen realmente del proceso que implica la infancia. Todos miramos a las madres y sus hijos y decimos qué bonito, qué tierno, esto es la crianza, pero creo que no nos damos cuenta de que no sólo se trata de cuidados, de calidez, sino que también forma parte de la cultura, de la historia, de la ciencia; todo lo que nos configura como adultos depende también del proceso que vivimos como niños, de cuánto pudimos explorar todas las posibilidades que la vida nos ofrece.

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