Hans el listo o el autoengaño

Puede que Albert Einstein haya sido el genio más grande del siglo XX, pero apocas personas saben que  estuvo a nada de perder esa distinción por culpa de un caballo. Wilhem von Osten era un profesor de escuela jubilado que, en 1981, afirmó que su semental, a quien llamaba Hans el Listo, podía responder preguntas sobre acontecimientos de la actualidad, matemáticas y una serie de temas, dando coces contra el suelo. Podía hacer sumas, leer preguntas que su dueño le presentaba en tarjetas, y otras cosas, aunque, no entendía todas las preguntas. Llegó a hacer muchas actuaciones en público a las que aistía mucho público. El Instituto Psicológico de Berlín, sorprendido del éxito, envió a un estudiante, Poscar Pfungst, a que investigara el espectáculo. Y observó que Hans fallaba más a menudo cuando Osten estaba detrás de él o cuando no sabía la respuesta a la pregunta que le habían hecho al caballo. En una serie de experimentos Pfungst el Listo pudo demostrar que Hans el Listo sabía leer, pero lo que leía era el lenguaje corporal de Osten. Cuando éste se inclinaba un poco el caballo empezaba a dar coces y cuando el dueño se incorporaba, o agachaba la cabeza, o encarcaba una ceja, Hans el Listo paraba. Osten le indicaba con sus movimientos cuando empezar y cuando terminar, y justo en los momentos adecuados para generar la ilusión de que el caballo entendía.

Hans el listo no era un genio, ni Osten era un timador. de hecho demostró tener la paciencia de un santo al haber dedicado tanto tiempo a hablar con su caballo de matemáticas y otras cuestiones mundanas (no en vano era maestro jubilado). Osten se sintió muy sorprendido y desilusionado cuando se dio cuenta de que se había estado engañando a si mismo y a los demás. el engaño era complejo y efectivo, pero se realizó de forma inconsciente. Más allá de la interpretación de este hecho en clave de comunicación no verbal, hay otra lectura: la del atuoengaño. Cuando nos exponemos a hechos favorables los apreciamos y los recordamos sin mostrarnos exigentes en las pruebas objetivas de los mismos. No somos más conscientes que Osten de nuestros tejemanejes. Las visiones posotivas de nuestras experiencias no son algo planificado, calculado o deliberado, y mucho menos manipulado. Es más sencillo: las personas no son conscientes de las razones por las que hacen lo que hacen, aunque si les preguntamos por ello, no dudan en dar una o varias con toda tranquilidad.

Sujetos a quienes se ha sometido a exposiciones de estímulos de los que nos son conscientes por su brevedad, muestran luego comportamientos relacionados con el contenido de esos estímulos (caminar, juzgar, puntuar) , y al pedirles una explicación de ello aventuran cualquiera que pueda ser creíble, en lugar de decir, simplemente, “no lo se”, sacando conclusiones creíbles aunque erróneas sobre sí mismos.

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