Educación: libros de texto y nuevas tecnologías

Seguimos educando como si el tiempo no hubiese cambiado. Como si las últimas décadas no hubieran traído cambios en la manera de hacer las cosas y de organizar diversos aspectos de la vida social y económica, en las herramientas con las que las hacemos o en la forma en las que las pensamos. Enseñamos como al principio de institucionalizarse la enseñanza. Y así de mal nos va. Los maestros quieren recuperar prestigio, orden y autoridad en las aulas, sin cuestionarse su papel de censores del conocimiento, ni aún el propio conocimiento ni la metodología con la que enseñan; se sienten correa de transmisión de los saberes a sus jóvenes pupilos a quienes con ligereza tachan de ignorantes sencillamente porque los evalúan con los conocimientos que ellos mismos tienen o creen tener, pero sin tener para nada en cuenta todo lo que ellos mismos ignoran. Seguimos utilizando los libros de texto como las biblias del aprendizaje; aprender lo que está en esos libros es signo fiable de inteligencia, de aprovechamiento, de aplicación en el estudio, es la base para el porvenir de los alumnos y alumnas. Y los maestros los ratifican en sus informes, en sus evaluaciones, en sus notas. Quien aprende lo que dicen esos libros es calificado como apto, quien no lo aprende es un fracasado escolar y empieza a ser o a tener muchas papeletas para convertirse en un inadaptado social. Los jóvenes pronto empiezan a darse cuenta (y más ahora en la crisis de 2009 que nos azota) que la vida, la calle, las listas del desempleo, están llenas de personas que un día fueron alumnos aventajados, aplicados, y que posiblemente también hayan sido empleados concienzudos, responsables, productivos, pero que, por circunstancias que escapan del todo a su control y que son cosas del mercado laboral, de la globalización —nos dicen, pero ese es ya otro asunto—, hoy en día se encuentran sin empleo, peregrinando con sus currículos de buenas notas, de experiencia laboral, perdidos en el camino a mitad de la vida o en el momento en que ésta promete desarrollarse de manera más plena. Es como si el fracaso escolar se estuviera trasvasando lenta y sigilosamente hacia el fracaso laboral, que es tanto como decir a la vida. Pero los maestros no son los responsables, los culpables únicos, de estas vidas y talentos arruinados o desaprovechados. Hay otros.

Seguimos educando con libros de texto, básicamente. Que es casi lo mismo que reducir la inmensidad del océano en una botella de agua salada y decir que eso es el mar, toda la mar. Pero los libros de texto son muy rentables, no para los alumnos y su aprendizaje. Y muy cómodos para ser enseñados a los alumnos: solo a quienes se adaptan a estudiar con ese material, por supuesto. Educamos según señala y constriñe la ley de educación del momento (y en veinte años llevamos experimentadas seis leyes de educación y cosechando fracasos cada vez mayores),  como si la enseñanza, la esencia de la misma del saber y del conocimiento, pudiera insuflarse promulgando una ley orgánica, unos cuantos decretos que la concreticen, un inspección que supervise su cumplimiento. La ley es lo más próximo al palo y la realidad es obstinada para caminar derechita en la dirección que marca la ley.

Vivimos en una época en la que cualquier aspecto de la vida está rodeado de conocimiento, pero desdeñamos el saber como si fuera una bagatela, un trapo sucio o una carga pesada. No sabemos cómo despertar en el alumnado el interés por ese conocimiento sin el que no podemos vivir de la manera que lo hacemos hoy en día. Gastamos en educación cifras enormes de nuestros recursos económicos sin conseguir los resultados que nos marcamos. Algo no va bien.

Hemos desarrollado nuevos e inusitados medios y tecnologías para fijar, difundir, acceder y compartir el conocimiento. Algo impensable (y no siempre deseado por todos) hace tan solo unas décadas. Por fin, podemos afirmar, o, mejor aún, sentir y tocar con nuestras manos y ver con nuestros ojos,  que los saberes, los conocimientos son más democráticos y universales, pues, a fin de cuentas, el saber, con todas las mayúsculas que se quiera, es fruto del esfuerzo colectivo, aunque en su descubrimiento y difusión unos hayan participado más activamente que otros. La escuela no ha sabido, o no la han dejado, beneficiarse de esos avances tecnológicos para incorporarlos en su quehacer cotidiano y que sirvan al aprendizaje de los alumnos. La escuela sigue encerrada sobre si misma, prisionera de su propia inercia y como ajena y extraña al mundo que se mueve a su alrededor. No quiero decir que esté aislada de ese mundo, pero sí que no da la sensación de formar parte de él de una manera (pro)activa. Es la escuela de la ignorancia de la que habla Jean Claude Michéa.

La educación sigue estando atrapada en la red más amplia y totalitaria de la política, del poder, como siempre: vigilada, supervisada, consensuada, regulada, dosificada.  Algo contrario a la naturaleza misma del conocimiento. Los políticos, quienes quiera que sean, no se han dado cuenta de que uno de los rasgos definitorios de la sociedad actual es que el conocimiento ha roto los diques contenedores en que estuvo encerrado en otros tiempos, en todos los tiempos. Y ello a pesar de la propia educación y gracias a ella y también por las oportunidades de difusión tan grandes que permiten las nuevas tecnologías.

¿Qué sentido tiene en este nuevo contexto seguir empeñados en promulgar una nueva ley de educación? ¿Qué significa “un (nuevo) consenso en materia de educación” entre los políticos? ¿Y si no hubiera ninguna ley de educación? ¿Nos irían las cosas peor de lo que van? ¿Qué sentido —salvo el económico para quienes los editan como si ello fuera una especie de subvención encubierta— tienen en la actualidad los libros de texto como forma preponderante, primordial y, en muchos casos, exclusiva de acceder al conocimiento en la escuela? ¿Hasta cuando el papel del maestro como transmisor de ese conocimiento encerrado en los libros de texto y minuciosamente supervisado y autorizado por el engranaje político-administrativo de turno? Necesitamos un modelo educativo mucho más variado, abierto, dinámico y flexible que atienda a la diversidad tan amplia de intereses, capacidades, aptitudes y circunstancias personales de los alumnos, de sus familias y contextos sociales en los que se ubican los centros escolares para que ni uno solo de esos alumnos pueda ser considerado fracasado en su proceso educativo. La educación es un tesoro, efectivamente, y cada alumno y alumna, cada profesor y profesora deben de ser una joya muy valiosa de ese tesoro. Ese nuevo o distinto modelo educativo debe de ser tal que incorpore otros campos del saber y del conocimiento que hoy están fuera de él por considerarlos tradicionalmente poco académicos. ¿Debemos todos aprender latín o filosofía?, ¿matemáticas o lengua extranjera?, Pues probablemente, todos, no; y menos al mismo nivel y en el mismo tiempo, pero es deseable que quien lo quiera aprender pueda hacerlo, y bien y a fondo. Y quienes no quieran hacerlo o no puedan, por la razón que fuera, puedan hacer otras cosas. ¿Qué hay de malo o perverso en proponer como alternativa a aquellos alumnos para quienes la educación que les ofrece la escuela en ese momento de su desarrollo (y estoy pensando en la enseñanza obligatoria) otras alternativas (a tiempo parcial) alejadas de lo académico, del aula, de lo cognitivo o memorístico y hacer actividades (igualmente educativas) que impliquen otras aptitudes distintas: manualidad, creatividad, expresividad, cuidado o cualesquiera otras de índole concreto y aplicación práctica. Aprender haciendo. 

Es fundamental que los docentes tengan más capacidad para decidir en cada momento, con cada grupo de alumnos, qué enseñar y cómo hacerlo, apelando a su conocimiento, profesionalidad y experiencia, teniendo así una participación activa y creativa en lo que es sustancial a su trabajo, sin estar encorsetados por la regulación y control administrativo que señala de antemano el camino por el que ha de transcurrir el quehacer pedagógico de cada alumno, cojee o camine ligerito por él. Es necesario valorar que cualquier aprendizaje, cualquier conocimiento o competencia del que la sociedad puede beneficiarse es válido y premiado su dominio y no solo aquellos académicamente establecidos de antemano (por endogamia y vanidad del propio sistema que los propone). Es fundamental que los maestros para su labor de guías y facilitadores del aprendizaje y los alumnos como agentes activos y participativos de su formación incorporen y hagan uso de las nuevas tecnologías para su aprendizaje quebrando el papel tan asimétrico que ahora mismo tienen los unos respecto de los otros.

Llevamos, por poner una fecha, ¿quince años? de convivencia y familiarización con los ordenadores. Sin embargo, para muchos alumnos y jóvenes el uso del mismo no está asociado ni en su práctica ni en su mentalidad como una herramienta de trabajo, de aprendizaje, más allá de presentar un trabajo o buscar una información puntual. El ordenador, piensa y hace la gran mayoría, es para otras cosas. Proponer (y además hacerlo como si fuera una idea brillante que va a llevar al sistema educativo al camino del éxito) el uso de ordenadores individuales a partir de quinto curso de primaria, me parece, sin ser experto, un disparate más en una larga lista de disparates con los que se ha ido, como improvisando, el actual sistema educativo. Y un despilfarro y un engaño para todos.

Nadie puede ni nadie sabe cómo va a ser el futuro que entre todos estamos construyendo y, por tanto, tampoco sabemos el tipo de conocimientos, competencias y trabajos que va a demandar a quienes vivan en él. Es por tanto deber de todos trabajar y pensar para que la educación actual sea lo más abierta, comprehensiva y eficaz posible sin dejar a nadie fuera, haciendo de sus usuarios seres humanos capaces de afrontarlo con las herramientas y conocimientos que han adquirido en su etapa de formación.

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