Un niño afortunado o para qué sirve el pasado

¿Puede alguien haber sido niño de los campos de exterminio nazis, librarse de una muerte casi segura, y llegar a ser una persona admirada en todo el mundo por su labor en defensa de los derechos humanos? Pues si puede. Esa persona es Thomas Buergenthal (Lubochna, antigua Checoslovaquia, 1934, ciudad a la que sus padres, Mundek y Gerda, se habían trasladado en 1933 escapando del ambiente cada vez más asfixiante que para los judíos se vivía en la alemania nazi ). Lo primero de todo quiero decir que debemos celebrar la aparición de libros (como el de Gitta Sereny, El trauma alemán y otros como Primo Levy, Si esto es un hombre) que nos cuenten en primera persona lo que fue el macabro, terrible y siempre incomprensible escenario en el que trancurrieron los años de la IIGM para quienes los vivieron dentro de los campos que los nazis construyeron con toda premeditación para deshacerse de aquellos colectivos, no solo judíos, a quienes consideraron inferiores (infrahumanos), y por tanto, no merecedores de seguir viviendo. Es poco lo que actualmente se habla del tema; incluso se está oyendo que tales hechos nunca ocurrieron. La ignorancia es mucha, la memoria flaca, y las opiniones interesadas en deformar los acontecimientos de la historia reciente muchas. Desgraciadamente hechos como los ocurridos en aquellos años en los que con tanta impunidad se violaron los derechos humanos no han sido los últimos, pero tal vez si sean los únicos de la historia reciente en que se vulneraron con tanta premeditación y sistematización por parte de un gobierno elegido en las urnas. Y tienen de estremecedora singularidad (un hecho so siempre visto con suficiente claridad) el que fueron llevados a cabo por seres humanos, no simplemente por ciudadanos o ciudadanas alemanas, ciegos seguidores de su líder y no obligados a ello bajo amenazas o tortura. Estremece pensar por ello que muchos de nosotros llevamos ese germen de odio y de viloencia hacia el otro por el simple hecho de ser un otro diferente si hay alguien que nos lo señala.
Este libro está escrito sesenta años después de que tuvieran lugar los acontecimientos que en él se narran. Y si lo escribe, dice, es para que su historia sea constada y transmitida, restableciendo con ello el nexo entre el pasado y el futuro. No es un libro fiel a los detalles de los acontecimientos, podemos suponerlo después de tantos años, pero sí lo es a lo que la memoria ha ido guardando y elaborando durante ese tiempo, que es al final lo que importa: recuerdo que ha cristalizado en experiencia vital guardada en la memoria de la persona. A veces no entendemos el empeño que algunas personas tienen en hablarnos a través de sus memorias de lo que un día, lejano y extraño para nosotros, vieron y vivieron: todo ello nos suena a fantasía, poco menos que a farsa. Cuando Juan Gelman, en 2006, recibió el premio Reina Sofía celebró que España estuviera “empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro”, y con motivo de la concesión del premio Cervantes en abril de 2008, reiteró que solo esclareciendo el pasado (él, también judío, y también víctima de las atrocidades de la junta militar argentina) con la verdad y la justicia es posible el olvido verdadero.
Pero volvamos al libro de Buergenthal, a sus recuerdos de niño en los campos de trabajo y de exterminio nazis. El libro se lee con soltura, no se recrea en describir atrocidades, lo atroz es el ambiente que hay de fondo, en el escenario de muerte y violencia que premeditadamente se ha montado. Durante sus años de cautiverio le sonrió la suerte y fue ayudado por un soldado noruego, Odd Nansen, (quien en 1943 crearía un fondo Internacional para la Infancia, más tarde UNICEF y quien escribiría un libro, en noruego, en 1949 a partir de sus notas de los campos por los que paso y en el que hablaba de Tomy) prisionero en el mismo campo. Al finalizar la guerra se reunió con su madre (de quien no sabía nada desde hacía dos años) después de pasar un tiempo en un hospicio para huérfanos; y por ella supo que su padre fue exterminado al poco de que los separan a ambos. Tras el encuentro con su madre tuvo la sensación de que ya podía volver a ser un niño y dejar de procurarse por su supervivencia, pues su madre se ocuparía de ello. Acabada la guerra se instalan en Göttingen, ciudad natal de la madre, empieza propiamente su escolarización con casi doce años y siente que se le hace difícil sentirse alemán y, tras unos años, con diecisiete, se embarcó para Estados Unidos donde emprendió una nueva vida que le llevaría a ser juez de la Corte Internacional de Justicia y a trabajar en pro del reconocimiento internacional de los derechos humanos. ¿Quien para ello mejor que una persona como él?
En este libro encontramos un ejemplo claro de lo que el psiquiatra francés Boris Cyrulnik (Los patitos feos) investigó sobre los niños que han sobrevivido hasta cierto punto indemnes y hasta reforzados después de haber pasado por experiencias de sufrimiento, abandono y deprivación física y emocional, fenómeno al que denominó resiliencia. 

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