De la violencia

Resulta pretencioso hablar del tema de la violencia. Pero voy a intentar decir algo respecto a la exposición a la violencia y sus repercusiones. Es innegable que en nuestra sociedad existe violencia y no sabemos muy bien si esa violencia viene de la familia y luego se vierte en la sociedad o es a la inversa: se observa la violencia en la sociedad y luego uno se la lleva a casa. Queda otra vía que no exploro en este momento: el componente violento, agresivo que cada uno llevamos dentro, pero que fundamentalmente nos ha de ser útil para defender la propia vida en situaciones extremas. Sabemos que gran parte de la violencia se aprende. Y que ese aprendizaje se realiza por una exposición a situaciones de violencia, por una observación de situaciones en las cuales el empleo de la violencia reporta algún benefico, tangible e inmediato, a quien la aplica. Estamos cansados de oír del tiempo que las personas dedican diariamente a ver la televisión (en los últimos tiempos, y los más jóvenes, sustituyen -no del todo- el tiempo ante la televisión por estar delante de pantallas no siempre para cuestiones de trabajo o de aprendizaje), que es de una tres horas (al final de la vida, más horas que trabajando).Sabemos que la televisión (por desgracia en cuanto a los contenidos, no en cuanto al medio como tal) enseña y engancha, y que lo hace de un modo profundo, mejor que cualquier pedagogía. Estamos cansados de ver en la pantalla televisiva actos gratuitos y repetitivos de violencia de todo género. Y estos son vistos también por las personas más jóvenes. ¿Quienes son los sesudos y sádidos responsables de programar las parrillas televisivas y sus contenidos? ¿Qué hacemos los sufridos ciudadanos que no nos revelamos ante hecho tan brutal? ¿No sería una medida eficaz erradicar toda esa violencia de nuestros hogares y sustituirla por otro contenido más lúdico, entretenido o cultural? Ya, la audiencia se nos va a la competencia, pensaran; los ingresos por publicidad se esfuman, añadirán. Estas y otras por el estilo no son objeciones suficientes o cuando menos son riesgos que se deben correr ante la todopoderosa presencia de la violencia en los hogares y la enorme ganancia que todos obtendríamos si se suprimiera su emisión. La influencia de la televisión en la vida cotidiana de las personas no es anodina (a parte del tiempo vital que roba), no es un sencillo y bobalicon entretenimiento: hoy en día, tras sesenta años de convivir con ella, existen muchísimos estudios que nos dicen que tiene unas repercusiones en la creación y mantenimiento de hábitos, gustos, opiniones, comportamientos y mentalidades de sus usuarios. ¿No sería esta simple propuesta sencilla, eficaz y barata? ¡Vivamos otros sesenta años sin violencia en la televisión y comprobemos si los actos de violencia, agresión y delincuencia en nuestras casas, lugares de trabajo, barrios y ciudades, si no llegan a desaparecer, al menos disminuyen significativamente!

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