
Jerusalén es el ombligo del mundo, la más fértil de todas las tierras, un lugar que es como otro paraíso de deleites. Ésta es la tierra que fue iluminada por la llegada del Redentor, adornada por su vida, consagrada por su pasión, redimida por su muerte y santificada por su entierro. Esta ciudad real, situada en el centro del mundo, está hoy en poder de sus enemigos, y aquellos que no tienen dios la obligan a servirlos en ceremonias paganas. Ella espera y ansia la libertad; ruega sin cesar que vosotros acudáis en su ayuda. Espera vuestra ayuda más que la de otros, porque Dios os ha concedido gloria en las armas más que a cualquier otra nación. Emprended esta expedición, pues, para redimir vuestros pecados, con la promesa de «una gloria eterna» en el reino de los cielos.
Concilio de Clermont, 1095. Papa Urbano II